Portada » Latín » Fábulas y historiografía romana: Esopo, Fedro, César, Tito Livio y Tácito
La fábula es una narración breve, en verso o en prosa, de carácter alegórico; es decir, contiene muchas metáforas. Los protagonistas son animales que se comportan como humanos. Con las fábulas se pretende corregir los vicios y, por ello, contienen moralejas. Este género es de origen popular y griego, y adquirió el rango de género literario gracias a Esopo, un esclavo del siglo VI a. C., deforme pero de gran inteligencia. Se le consideró el inventor de este género, por lo que cualquier fábula en la que haya animales es esópica.
Fedro: Vivió en el siglo I d. C. Fue ignorado en su época, por lo que tenemos pocos datos sobre su vida y los que poseemos proceden, en parte, de su propia obra. Llegó a Roma como esclavo de Augusto, quien más tarde lo liberó. En sus dos primeros libros, el ministro de Tiberio se sintió atacado y, dándose por aludido, lo desterró prohibiéndole publicar libros. Más tarde, cuando Sejano murió, Fedro volvió a la literatura y criticó con sus fábulas los vicios de los romanos.
Las fábulas de Esopo eran reivindicaciones satíricas del pueblo humilde frente a los privilegiados. Constan de un relato breve y una moraleja, con animales como protagonistas. Su propósito al escribir estas fábulas era divertir y enseñar; además, su estilo es claro, conciso y sin grandes adornos retóricos. Su obra Fabulae Aesopiae está agrupada en varios libros, con numerosas composiciones. Sus primeras fábulas se inspiran más en Esopo, como La rana y el buey o La zorra y el cuervo, y en las posteriores predominan la crítica a los vicios humanos.
En el siglo IV hubo un imitador llamado Aviano, que compuso 50 fábulas inspiradas en Fedro. En la Edad Media, la obra de Fedro alcanzó la repercusión que en su época no tuvo.
Destacan el francés La Fontaine y los españoles Tomás de Iriarte y Felix Samaniego, quienes ayudaron a popularizar las fábulas.
Durante los primeros siglos en Roma solo se escribía aquello que afectaba de forma directa a la vida pública o privada de los ciudadanos. Destacan los Annales Pontificum, en los que los pontífices registraban los principales acontecimientos del año. El Senado y los colegios registraban en sus archivos su propia actividad o la del Estado. El texto jurídico más importante fue la Ley de las Doce Tablas, que fue la base de los derechos. Además existían documentos privados que ensalzaban las virtudes de los antepasados de las familias.
Con la victoria en las guerras púnicas, Roma recibe influencias del exterior, por lo que el conocimiento de la historiografía griega hace que los escritores quieran escribir la historia de Roma. La lengua griega parecía más adecuada que el latín; aun así, este último seguía siendo la más conocida entre la población. Los historiadores llamados analistas describían los acontecimientos por años y disponían de documentos y referencias recogidas sobre Roma en otras literaturas, como la griega. A menudo escribieron la historia basándose en tradiciones o imitando el modelo griego más que en una estricta verificación de los hechos. Los primeros escribían en griego y luego en latín.
Fabio Pictor: El primero conocido. Comienza con la fundación de Roma y llega hasta la segunda mitad del siglo III a. C. También se mencionan autores como Cincio Alimento, quien comenzó su relato con los antecedentes del origen de la ciudad. Luego vinieron Postumio Albino y C. Acilio, del siglo II a. C., quien escribió en griego a pesar de que ya se había escrito en latín.
Catón: (234 a. C.) Fue un hombre tenaz e insobornable. Fue censor con gran rigor y es conocido como Censor. Odiaba la cultura helénica porque la consideraba culpable del deterioro de las costumbres romanas; por eso escribió en latín y dejó de relacionar a Roma con el mundo helénico, centrando su atención en Roma y en el resto de Italia. Después del siglo II a. C. siguieron escribiendo, pero ya en latín. Entre los distintos escritores hay enfoques variados de la historia, ampliando el interés a temas como la geografía, la religión, etc., e incluyendo discursos en sus narraciones.
Hasta entonces se había preocupado del pasado de Roma, tratando de reconstruir los orígenes de la ciudad utilizando documentos antiguos, mitos y leyendas. En los últimos años de la República hubo cambios sociales y políticos que influyeron en los historiadores. Los partidos estaban en lucha, por lo que la propaganda era muy importante. La República no podía controlar un imperio tan grande y necesitaba una figura imperial. Julio César, líder con gran influencia política, junto con Salustio y Tito Livio, figuran entre los grandes historiadores de la época clásica.
César: Líder político que formó un pacto privado con Pompeyo y Craso, llamado el primer triunvirato; fue una alianza de fuerza contra el Senado. Tras su consulado obtuvo un mando militar y luego fue nombrado procónsul por cinco años. En ese tiempo llevó a cabo campañas de conquista de los pueblos galos. En el Senado hubo críticas hacia él por el gasto de sus campañas y por la dudosa legalidad de sus acciones; para responder a estas críticas escribió De Bello Gallico. Tras la muerte de Craso y con Pompeyo consolidando su poder en Roma apoyado por el Senado, las discusiones provocaron tensiones: César pretendía regresar a Roma sin licenciar a su ejército, pero sus enemigos se opusieron. Al enterarse, cruzó el Rubicón, iniciando la guerra civil. Pompeyo se refugió en Oriente y, tras la derrota de sus tropas, fue asesinado en Egipto por Ptolomeo, hermano de Cleopatra. César fue nombrado dictador, recibiendo atribuciones similares a las de un monarca y poniendo fin de facto a la República; fue asesinado en el 44 a. C. por Bruto y Casio.
Con César la historiografía cambia, aportando tres nuevos enfoques: la personalidad del autor, nuevas corrientes literarias y el reflejo del cambio en la vida social y política de Roma. Escribió dos obras con el fin de justificar ante el Senado y el pueblo sus campañas y contribuir a su propaganda:
Su estilo se caracteriza por frases sencillas y vocabulario limitado para ser entendido por los ciudadanos. Se refería a sí mismo en tercera persona, lo que da una apariencia de objetividad a su relato. Como historiador, hay que poner en duda su veracidad, ya que contaba los hechos de modo favorable para él, aunque su técnica fue considerada un modelo por su claridad y carácter expositivo.
Salustio: Amigo de César, participó en la vida política de aquellos años y no se privó de vicios. En sus últimos años se retiró, dedicándose a escribir y a criticar precisamente dichos vicios. Sus obras principales son:
Su estilo se caracteriza por la concisión y el uso intencional de arcaísmos; destaca por la yuxtaposición y el paralelismo. Sus temas suelen ser hechos recientes que reflejan el deterioro de la sociedad romana.
Salustio intentó dar un matiz filosófico explicando las causas y consecuencias de los hechos. Puso interés en la caracterización de los personajes para entender los acontecimientos. Ve la historia como una lección para la posteridad y trata de transmitir valores morales contrarios a los de la clase alta. Alaba los valores frente a lo material y critica la corrupción en Roma, concluyendo que la decadencia se debe a la pérdida de las costumbres. Esto se refleja en sus monografías y discursos. Se le acusó de incongruencia entre sus ideas y su vida en la juventud, pero posteriormente se le consideró un gran escritor.
Népote: Autor de calidad mediocres según algunos críticos, conocido por sus biografías. Recoge la vida de personajes griegos y romanos en su obra Sobre los hombres ilustres. Aunque su prosa no tuviera gran valor literario, al público le gustaban sus relatos por las personalidades famosas que describía.
Tito Livio: Nació en el 59 a. C. y murió en el 17 d. C. Dedicó su vida a su formación y a redactar 142 libros de historia, que publicaba por entregas. Era republicano, pero veía en Augusto la única posibilidad de acabar con las luchas y detener la decadencia del imperio; por ello asumió el ideal político augusteo, colaborando con la pacificación y restauración de Roma mediante la literatura. Su obra Ab Urbe Condita presenta la historia desde los orígenes de Roma; en el prólogo explica los fines de escribirla y alaba las antiguas virtudes que hicieron poderosa a Roma, opinando que la ciudad se salvaría volviendo a ellas. Gracias a su obra conocemos hechos y el espíritu de los protagonistas.
Después de Augusto, las obras reflejaban el peligro que suponía manifestarse contra el imperio o a favor de la república. De esta época destaca especialmente Tácito.
Tácito: No comenzó a escribir hasta la muerte de Domiciano, cuyo régimen despótico paralizó la actividad creativa. Cuando Domiciano murió, se recuperó la libertad y Tácito empezó a escribir y publicar sus obras, buscando hacer una lectura del pasado y una reflexión sobre el presente.
Consulta las fuentes anteriores buscando la objetividad, utilizando así todos los medios a su alcance y su propia experiencia para escribir la historia. Con su estilo conciso, enjuicia al imperio, pues considera que el poder absoluto es el único sistema posible para Roma. Sus dos obras más importantes son:
Otras obras suyas son:
Suetonio: Secretario de Adriano; con él comienza en Roma una etapa de florecimiento cultural con gran influencia griega. Su valor es discutido, y sus biografías son menos un registro factual que una colección de anécdotas.
Amiano Marcelino: El último gran historiador romano, pretende continuar la historia donde la dejó Tácito. Se le considera objetivo e imparcial en sus relatos.
