Portada » Lengua y literatura » Estudio Profundo de Temas Centrales en la Poesía de Bécquer
«No digáis que agotado». Este poema pertenece a las Rimas de Bécquer y constituye una poética del propio autor, es decir, una reflexión sobre la esencia, el origen y la permanencia de la poesía. Frente a la idea de que la poesía depende de los poetas, Bécquer afirma que la poesía es eterna, ligada a la naturaleza, al misterio, al sentimiento y al amor, y que existirá mientras exista la vida humana.
El yo lírico niega que pueda agotarse («No digáis que agotado su tesoro») y distingue entre poetas y poesía: los primeros pueden desaparecer, la segunda siempre perdurará.
La estructura es enumerativa y paralelística: cada estrofa empieza con «Mientras», marcando las condiciones que aseguran la existencia de la poesía. Así, se vincula:
Desde el punto de vista estilístico, destacan:
La tensión entre razón y emoción se sintetiza en «mientras el corazón y la cabeza batallando prosigan». El cierre, «mientras exista una mujer hermosa / habrá poesía», reafirma el amor como fuente suprema de inspiración, encarnación de la belleza ideal y del sentimiento absoluto. En definitiva, este poema funciona como una declaración de fe en la poesía, entendida no como técnica ni como erudición, sino como manifestación espontánea de la vida, el misterio y el amor.
«Cd me lo contaron». Este poema pertenece a las Rimas de Bécquer y expresa una de las experiencias más extremas del amor: el dolor causado por la traición o la pérdida amorosa. Frente a otras rimas centradas en la idealización o el conflicto, aquí el sentimiento amoroso aparece como una herida física y moral capaz de anular la conciencia y despertar impulsos violentos.
Desde el primer verso, el poeta recurre a una metáfora corporal de gran intensidad -«el frío / de una hoja de acero en las entrañas»- que traduce el sufrimiento emocional en una sensación física inmediata, subrayando su carácter visceral. La reacción es instantánea: el yo lírico pierde el equilibrio, se apoya contra el muro y sufre una breve pérdida de conciencia, lo que evidencia la ruptura del orden racional provocada por el amor herido.
La segunda estrofa intensifica el dramatismo mediante imágenes de oscuridad y desbordamiento emocional: «Cayó sobre mi espíritu la noche». La noche simboliza la anulación de la razón y la entrada en un estado dominado por sentimientos extremos. La coexistencia de ira y piedad revela un profundo conflicto interior, en el que el deseo de venganza convive con el dolor moral. El verso exclamativo «comprendí por qué se mata» no justifica la violencia, pero la explica desde una perspectiva humana y emocional, mostrando hasta qué punto el sufrimiento puede desbordar los límites éticos.
Tras este clímax emocional, el poema introduce un cambio de tono: «Pasó la nube de dolor». El lenguaje se vuelve más sobrio y contenido, reflejando un intento de recuperar el control. El yo poético apenas logra balbucear palabras, señal de que la herida sigue abierta, aunque ya no domina por completo su conciencia. El cierre resulta especialmente significativo por su ironía amarga: la noticia procede de «un fiel amigo» que «me hacía un gran favor». El agradecimiento final -«Le di las gracias»- no expresa alivio, sino una cortesía vacía que subraya la crueldad absurda de la situación.
Desde el punto de vista formal, el poema combina exclamaciones, encabalgamientos y un ritmo quebrado que reproduce el impacto súbito de la noticia y la violencia del sentimiento. En conjunto, el poema presenta el amor no como ideal ni como conflicto equilibrado, sino como una experiencia límite que puede llevar al ser humano al borde de la anulación moral y emocional.
«De dónde vengo». Este poema de las Rimas aborda una de las cuestiones más profundas de su poesía: la reflexión existencial sobre el origen y el destino del ser humano. A través de un tono sombrío y desolado, el yo lírico se interroga sobre su pasado y su futuro, construyendo una visión pesimista y dolorosa de la vida como camino de sufrimiento que conduce inevitablemente a la nada.
El poema se articula sobre una estructura bipartita, marcada por las preguntas retóricas iniciales.
En la primera parte, el origen del yo poético no se asocia al nacimiento como esperanza, sino como resultado de un recorrido brutal. El camino hacia la cuna está marcado por «huellas de unos pies ensangrentados» y «los despojos de un alma hecha jirones», metáforas que presentan la vida como una herencia de dolor previo. La imagen de las zarzas y la roca dura refuerza la idea de un pasado construido sobre el sufrimiento.
En la segunda parte, el destino final no ofrece consuelo alguno. El camino futuro atraviesa «páramos sombríos» y «valles de eternas nieves y melancólicas brumas», símbolos de soledad, frialdad y ausencia de vida. La muerte no se presenta como trascendencia ni redención, sino como olvido absoluto: una «piedra solitaria sin inscripción alguna», imagen que niega cualquier forma de memoria o permanencia.
Abundan también las metáforas de carácter violento y doloroso, como «huellas de unos pies ensangrentados» o «los despojos de un alma hecha jirones», que transforman el pasado en una experiencia física de sufrimiento. Estas imágenes convierten el dolor moral en daño corporal, intensificando el tono trágico del poema.
El paisaje funciona como símbolo del estado anímico, mediante imágenes como «el más horrible y áspero de los senderos» o «el más sombrío y triste de los páramos». No se trata de una descripción realista, sino de un paisaje interior, proyección del desaliento del poeta.
Asimismo, puede apreciarse una enumeración intensificadora en expresiones como «horrible y áspero», «sombrío y triste», o «eternas nieves y eternas melancólicas brumas», que refuerzan la sensación de monotonía, frío y desesperanza. La repetición del adjetivo «eternas» constituye una anáfora, subrayando la idea de un sufrimiento sin fin.
En conjunto, el poema ofrece una visión radicalmente pesimista de la existencia: la vida comienza en el dolor y termina en el olvido. Bécquer convierte así la experiencia individual en una meditación universal sobre la fragilidad humana.
Durán denuncia con fuerza la decadencia del teatro español, atribuida tanto al abuso de sus propios recursos como a la influencia de la crítica francesa y la imitación servil de modelos ajenos. Mediante metáforas potentes, como la «llama del genio nacional», muestra cómo la riqueza poética del teatro antiguo se ha sustituido por formas rígidas y vacías.
La antítesis entre el teatro barroco, imaginativo y vital, y el teatro moderno, empobrecido y artificial, estructura gran parte del discurso. Su crítica no es nostalgia, sino programática: cuestiona la rigidez de la crítica neoclásica y propone juzgar las obras según su contexto histórico, moral y cultural.
Defiende la libertad creadora del teatro español, donde la irregularidad formal refleja el genio nacional y responde a las necesidades del pueblo. Para Durán, cada nación desarrolla un teatro acorde a su carácter, conectando con los ideales románticos de autenticidad cultural e individualidad histórica.
Además, subraya la dimensión religiosa y espiritual como fundamento del arte: la fe cristiana eleva al ser humano hacia lo sublime y proporciona el modelo de lo bello ideal, integrando ética y estética.
Desde un enfoque metodológico, Durán aplica un criterio historicista: las obras deben evaluarse según las circunstancias en que fueron creadas, lo que lo convierte en precursor de la historia literaria moderna y en figura clave para la revalorización del Siglo de Oro español.
