Portada » Historia » El Congreso de Viena y las Oleadas Revolucionarias: Restauración, Nacionalismo y Transformación Europea (1815-1852)
Tras la derrota definitiva de Napoleón en 1815, el Congreso de Viena inauguró una nueva etapa en Europa, centrada en la Restauración. Las potencias vencedoras buscaban restablecer el orden político y social anterior a la Revolución Francesa, aspirando a un retorno al Antiguo Régimen, a pesar de los profundos cambios experimentados en el continente.
En aquellos países que contaban con sistemas constitucionales previos, los monarcas derogaron las constituciones y recuperaron la plena soberanía. Solo se permitió una limitada participación política a través de las llamadas cartas otorgadas.
El sistema se gestó en el Congreso de Viena (1814-1815), al que asistieron reyes y representantes de los estados que combatieron a Napoleón, incluyendo a Francia bajo Luis XVIII. Una figura central e impulsora de este nuevo orden fue Metternich, canciller de Austria, dando lugar al Sistema Metternich.
Para asegurar la permanencia de este orden, se implementaron dos herramientas principales:
El Congreso redefinió las fronteras europeas:
El término «nación» se empleó para designar a un grupo étnico que compartía una conciencia de identidad propia (histórica, lingüística o cultural), diferenciándose de otros pueblos.
La ideología del nacionalismo se desarrolló a partir de la Revolución Francesa, difundiendo el concepto de soberanía nacional. Se distinguen dos corrientes principales:
El objetivo primordial de cualquier movimiento nacionalista era la constitución de un «estado nación» autónomo o independiente. A principios del siglo XIX, pocos estados europeos cumplían esta condición, mientras que numerosos grupos étnicos carecían de un estado propio.
Para lograr la formación de un estado nación, surgieron dos tipos de movimientos:
El nacionalismo y el liberalismo fueron las fuerzas motrices detrás de las tres oleadas revolucionarias de 1820, 1830 y 1848. Estas convulsiones terminaron por provocar la caída del sistema de la Restauración y la disolución definitiva del Antiguo Régimen.
Estas revoluciones buscaron reimplantar las ideas liberales, protagonizadas principalmente por sociedades secretas que instigaron levantamientos militares y populares en Europa meridional.
Estas revoluciones se originaron en Francia y se propagaron, buscando nuevamente la implantación del liberalismo.
Estas fueron las últimas grandes convulsiones del siglo XIX y tuvieron un impacto decisivo. Entre 1830 y 1848, la industrialización y el crecimiento de la clase obrera politizaron a la sociedad, sumando a las demandas liberales, reclamos democráticos (sufragio universal, derecho de asociación) y sociales (derecho al trabajo, jornada laboral de diez horas), influenciados por el socialismo.
A pesar del fracaso inmediato en muchas regiones, las revoluciones de 1848 marcaron un punto de inflexión:
Tras la revolución de febrero de 1848, se estableció un gobierno provisional en Francia que adoptó medidas democráticas, como el sufragio universal masculino, libertades individuales y la creación de los Talleres Nacionales para el empleo.
Tras la aprobación de la Constitución de 1848, Luis Napoleón Bonaparte fue elegido presidente. Gobernó con tendencia autoritaria, aliándose con sectores conservadores. En diciembre de 1851, dio un golpe de Estado y promulgó la Constitución de 1852, que le otorgaba un régimen presidencialista dictatorial con posibilidad de reelección.
La mayoría de la población apoyó este giro en un plebiscito, confiando en que Napoleón restauraría la grandeza imperial.
En 1852, Luis Napoleón transformó la República en el Segundo Imperio francés, asumiendo el título de Napoleón III.
La política exterior intervencionista de Napoleón III, destinada a convertir a Francia en la potencia hegemónica, resultó ser su perdición. Esta política culminó en la guerra franco-prusiana (1870). La derrota en la batalla de Sedán llevó al encarcelamiento de Napoleón III y a la proclamación de la Tercera República Francesa, frustrando el intento francés de dominar Europa.
