Portada » Filosofía » Doctrina Filosófica de San Agustín: Epistemología, Ética y la Existencia de Dios
San Agustín desarrolla su teoría del conocimiento para demostrar que la verdad existe y que el alma puede alcanzarla. Se enfrenta al escepticismo, que duda de que podamos conocer la realidad porque los sentidos pueden engañarnos. Él reconoce que los sentidos no son totalmente fiables, pero afirma que eso no impide que exista la verdad, porque siempre es cierto lo que el ser humano percibe internamente, aunque el objeto externo pueda no ser tal como se percibe.
A esto añade su argumento más famoso: quien duda sabe que está dudando y, por tanto, existe; la duda demuestra la existencia del yo y se convierte en la primera verdad indudable. También sostiene que, aunque el conocimiento sensible sea limitado, sigue siendo útil para movernos en el mundo.
A partir de esta idea, San Agustín distingue tres grados de conocimiento:
Estas Ideas cumplen un papel parecido a las Ideas de Platón, aunque en lugar de estar en un mundo suprasensible están en Dios. Para acceder a ellas, el alma debe iluminarse interiormente por Dios, lo que conecta directamente con la relación entre fe y razón.
Grados del Conocimiento (Resumen):
Para San Agustín, primero está la fe, que acerca al ser humano a Dios, y después interviene la razón, que permite profundizar en esa fe, comprender las verdades eternas y conocer más plenamente a Dios.
La ética de San Agustín se basa en la relación entre el alma y Dios y combina el pensamiento cristiano con influencias platónicas. Es una ética eudemonista porque sostiene que el fin último del ser humano es la felicidad, pero afirma que esta felicidad no puede encontrarse en uno mismo, ya que el ser humano es limitado e imperfecto. La verdadera felicidad solo se encuentra en el Bien eterno, que es Dios. Por eso, la vida moral consiste en un proceso de amor y acercamiento a Dios.
San Agustín defiende que el ser humano posee libre albedrío y puede elegir entre obrar bien u obrar mal. Obrar bien significa amar más a Dios que a uno mismo, mientras que obrar mal consiste en dejarse llevar por el amor propio y alejarse de Dios. Como somos libres, también somos responsables de lo que hacemos, y nuestras acciones determinan nuestro destino moral.
Quien elige obrar bien recibe la gracia, que es la ayuda que Dios concede para permitir que el alma se acerque a él y alcance la felicidad verdadera. Según la orientación moral de la persona, puede pertenecer a la Ciudad de Dios, formada por quienes aman el Bien, o a la Ciudad terrenal, formada por quienes se dejan llevar por el egoísmo y el pecado.
El objetivo de San Agustín era acercar el alma humana a Dios, por ello hay que demostrar su existencia. Propone dos estrategias principales para defender la existencia de Dios:
Dios ha creado el mundo por libre voluntad, siendo este una copia de sus Ideas. Aunque el mundo es material, Dios lo crea a partir de lo inmaterial, utilizando las rationes seminales (razones seminales), que son las semillas o gérmenes de las cosas que se desarrollan con el tiempo.
Este texto desarrolla las ideas de Aristóteles sobre la vida buena y la felicidad. Aristóteles señala que el ser humano puede pensar y reflexionar sobre lo que está bien y lo que es justo, lo que hace posible la ética.
Todos buscan la felicidad como fin último de la vida, y la felicidad completa consiste en usar la razón, especialmente en actividades filosóficas o de conocimiento. La felicidad se alcanza mediante virtudes, entendidas como hábitos que evitan los excesos y los defectos (el justo medio), por lo que la ética aristotélica busca formar un carácter equilibrado y bueno. Actuar virtuosamente lleva a la excelencia y requiere tanto virtudes relacionadas con la razón (dianoéticas) como virtudes relacionadas con el carácter (éticas).
Al comparar con Platón, encontramos diferencias clave:
Ambos filósofos relacionan virtud, razón y felicidad, pero Platón lo hace desde un plano ideal y Aristóteles desde los hábitos y las acciones humanas concretas.
