Portada » Ciencias sociales » Barreras al Aprendizaje y la Participación frente al concepto de NEE
Son obstáculos que dificultan el aprendizaje, la participación y la convivencia en equidad. Por ejemplo: la falta de recursos o programas que pueden limitar la presencia, participación y el aprendizaje de determinados alumnos.
Las barreras que están impidiendo la participación, la convivencia y el aprendizaje en la escuela pertenecen a ámbitos muy diferentes:
Se refieren a las contradicciones que existen en las leyes respecto a la educación de las personas y culturas diferentes, ya que hablan de “Una Educación para Todos” y, al mismo tiempo, permiten la existencia de “Colegios de Educación Especial”. La Administración educativa debe ser coherente entre los enunciados de las leyes internacionales, nacionales y autonómicas y la puesta en práctica de las mismas. El apoyo de las políticas tiene que ser compatible con las prácticas educativas inclusivas.
Es la cultura generalizada en el mundo de la educación de que existen dos tipos diferentes de alumnado: “normal” y “especial”, considerando que este último requiere modos y estrategias diferentes de enseñanza. Se han realizado diversos diagnósticos para comprobar quién es “normal” y quién es “especial”, a pesar de que los pronósticos actuales son poco fiables.
A pesar de las buenas intenciones del profesorado por denominar a las personas excepcionales como “NEE” (Necesidades Educativas Especiales), este concepto a menudo crea una marca o huella en el estudiante.
Estas barreras se dividen en cinco puntos fundamentales:
Ocurre cuando el aula no es considerada como una comunidad de convivencia y de aprendizaje. En la educación inclusiva, el aula es un espacio cultural y público que debe reflejar la cultura, valores y finalidades de la escuela, donde el profesorado se relaciona con el alumnado a través de interacciones que les permiten construir el conocimiento de manera compartida, formando una comunidad de aprendizaje.
Un modelo no basado en un aprendizaje para resolver situaciones problemáticas genera una ruptura con las adaptaciones curriculares. El currículum tradicional se basaba en dar información y reglas para aprender dicha información. El sistema moderno debe ser un currículum que no produzca desigualdades y haga avanzar la justicia escolar, ofreciendo prácticas educativas simultáneas y divergentes.
Lo que requiere la escuela sin exclusiones es una organización de acuerdo a la actividad a realizar; una organización ad-hoc. La cultura inclusiva debería comprender, al menos, una adecuada formación del equipo directivo en inclusión y una sólida preparación en educación participativa. El trabajo por proyectos de investigación requiere una transformación del aula, tanto en los agrupamientos como en la concepción del tiempo y del espacio. La enseñanza interactiva y el trabajo por grupos heterogéneos han de ser la nueva estructura organizativa del aula, donde los alumnos se ayuden mutuamente.
Implica la transición del profesor como técnico-racional al profesor como investigador. En la escuela inclusiva, el profesorado ha de cambiar su mentalidad, pensando en cómo transformar los procesos de enseñanza y aprendizaje. Esto requiere que se analicen qué obstáculos están impidiendo la participación y el aprendizaje de algunos niños y niñas en la escuela.
El paso de las escuelas antidemocráticas a las escuelas democráticas. La educación en valores necesaria en la escuela pública, cuya finalidad es formar una ciudadanía responsable, no puede ser una labor exclusiva del profesorado, sino compartida entre familias, docentes y demás agentes educativos. Es un motivo ejemplar de convivencia para nuestros hijos y un punto de encuentro entre familias y profesorado donde todos aprenden juntos. La educación para la convivencia democrática y participativa nos abre a la construcción de un proyecto de sociedad y de humanización nueva, donde el pluralismo, la cooperación, la tolerancia y la libertad serán los valores que definan las relaciones entre profesorado, familia, alumnado y comunidad educativa, garantizando el reconocimiento de la diversidad humana como un elemento de valor y no como una lacra social.
