Portada » Ciencias sociales » Evolución Biológica y Origen del Ser Humano: Teorías, Procesos y Linaje Hominino
Los seres vivos cambian de forma continua de dos maneras:
En conjunto, cada generación hereda los cambios de las anteriores y los transmite a sus descendientes, haciendo que las transformaciones se acumulen lentamente con el paso del tiempo.
Las primeras explicaciones sobre la diversidad de los seres vivos se basaban en las teorías fijistas, que defendían que cada especie es invariable y eterna. Es decir, que los individuos pueden cambiar, pero la especie no cambia nunca, y por eso no tienen en cuenta la filogénesis. Esta idea fue defendida desde Aristóteles hasta comienzos del siglo XIX, pero tuvo un gran problema con la aparición de los fósiles, ya que mostraban seres vivos desconocidos. Para explicarlos, Georges Cuvier, fundador de la paleontología, afirmó que eran especies extinguidas por catástrofes o cataclismos que acabaron con todos sus individuos, aunque no creía que esas especies fueran antecesoras de las actuales, por lo que el fijismo siguió manteniendo que las especies no evolucionan.
Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) fue un científico francés que propuso la primera teoría general de la evolución en su obra Filosofía zoológica (1809), donde explicó que los seres vivos surgieron por generación espontánea a partir de materia inorgánica y evolucionaron en dos grandes líneas: vegetales y animales, siguiendo una escala de perfeccionamiento que culmina en el ser humano. Según Lamarck, los cambios en los seres vivos se producen por la interacción con el medio, ya que el uso de un órgano lo fortalece y desarrolla, mientras que el desuso lo debilita y puede hacerlo desaparecer, idea resumida en la frase «la función crea el órgano», como en el ejemplo del cuello largo de la jirafa, que se habría alargado por estirarse para alcanzar hojas altas. Para Lamarck, la evolución tiene una finalidad o propósito (teoría teleológica), que es lograr organismos cada vez más complejos y especializados, aunque su teoría tenía errores y no fue superada completamente hasta principios del siglo XX.
Charles Darwin (1809-1882), científico del Reino Unido, dio el impulso definitivo al evolucionismo al ofrecer una explicación científica de la diversidad de los seres vivos, afirmando que los organismos están adaptados al medio en el que viven, ya que su forma y sus órganos dependen de la interacción con el entorno y de las funciones que deben cumplir. Todos los seres vivos participan en una lucha por la supervivencia, donde solo los individuos mejor adaptados logran sobrevivir y transmiten sus características a sus descendientes, mientras que los menos aptos tienden a desaparecer. Este proceso que Darwin llamó selección natural, consiste en la conservación de las características favorables y la eliminación de las perjudiciales, explicando así la diversidad biológica y la transformación de unas especies en otras sin un plan previo. Desarrolló esta teoría gracias a sus observaciones durante su viaje a las islas Galápagos y a estudios de anatomía y embriología comparadas.
Alfred R. Wallace (1823-1913), científico del Reino Unido, es considerado codescubridor de la evolución biológica junto a Darwin, pero defendía una idea distinta, ya que afirmaba que la evolución es progresiva, es decir, que las nuevas generaciones siempre suponen un avance respecto a las anteriores y que ese progreso se refleja en alguna modificación orgánica. Sin embargo, Darwin demostró con pruebas que algunos organismos han permanecido durante largos periodos de tiempo sin cambios, siendo idénticos a sus antecesores, lo que contradice la idea de un progreso evolutivo constante.
Las teorías de Darwin y Wallace no explicaban completamente la filogénesis, porque no aclaraban cómo se transmiten las modificaciones orgánicas de una generación a otra. El monje agustino Gregor Mendel (Chequia, 1822-1884) fue el primero en explicar los mecanismos de la herencia genética. Tras sus experimentos con guisantes en el huerto del monasterio, formuló tres leyes que mostraban, entre otras cosas, que los organismos pueden transmitir caracteres genéticos (genotipo) que no se manifiestan visiblemente (fenotipo).
Thomas H. Morgan (EE. UU., 1866-1945), considerado el padre de la genética moderna, confirmó experimentalmente cómo se transmiten los caracteres hereditarios. Tras el descubrimiento de la estructura del ADN en 1953 surgió la evolución molecular, que permite entender cómo se producen las variaciones hereditarias mediante las mutaciones genéticas. Una mutación es un cambio en un gen, de modo que los descendientes pueden presentar características distintas a las de sus progenitores; por ejemplo, si el gen del color del pelo muta, los hijos pueden tener un color totalmente diferente. Durante el siglo XX se identificaron varios tipos de mutaciones con efectos muy variados en las generaciones sucesivas.
La evolución biológica puede entenderse desde dos enfoques: teleonómico y azaroso.
El creacionismo puede entenderse de dos formas:
En el Génesis aparecen dos relatos de la creación: en el primero (cap. 1) el ser humano es creado al final y hombre y mujer aparecen al mismo tiempo, mientras que en el segundo (cap. 2) Adán es creado antes que plantas y animales y Eva surge después de una costilla de Adán, lo que muestra que estos textos buscan transmitir una verdad religiosa simbólica y no una explicación científica. Por ello, ciencia y religión responden a preguntas diferentes: la ciencia explica hechos concretos y el origen de las especies, mientras que la religión reflexiona sobre el sentido último del mundo, el propósito de la vida y la posibilidad de una vida después de la muerte, lo que hace posible ser creyente y aceptar al mismo tiempo la teoría de la evolución.
La antropogénesis es el conjunto de procesos y etapas que explican el paso desde nuestros ancestros hasta la especie humana actual, y ha sido un proceso muy largo (entre 4,5 y 7 millones de años) y muy complejo, en el que han intervenido muchos factores. Estos factores se dividen en dos tipos:
Aunque se distinguen para entenderlos mejor, ambos procesos ocurrieron de forma simultánea y con interacciones mutuas, ya que los cambios genéticos, las mutaciones, las transformaciones anatómicas y fisiológicas, los cambios climáticos y ecológicos y la aparición de la vida social y cultural se influyeron constantemente entre sí, de modo que cualquier cambio en uno afectaba a los demás, haciendo de la antropogénesis un proceso unitario, y recordando además que todos los seres humanos pertenecemos a una única raza: la raza humana.
La antropogénesis comenzó con un cambio climático en África subsahariana que redujo los bosques y aumentó las zonas abiertas, lo que impulsó a nuestros antecesores a buscar alimento y cobijo en el suelo. Los factores clave de la hominización incluyen:
Todas estas transformaciones interactuaron simultáneamente y se fijaron genéticamente mediante mutaciones, asegurando su transmisión a las generaciones sucesivas hasta la aparición del Homo sapiens.
En la humanización de la especie humana, de forma simultánea y coordinada con los procesos biológicos, intervinieron factores culturales, sociales y técnicos que permitieron compensar la creciente carencia de instintos.
Todo esto desemboca en la aparición de la cultura, entendida como el conjunto de saberes, creencias, hábitos, técnicas, instituciones y formas de expresión compartidos por un grupo humano, que define su manera de vivir y permite superar los límites biológicos, adaptándose a cualquier entorno. La cultura se aprende, y su acumulación genera un rápido avance cultural y una gran diversidad cultural, pues distintos grupos crean soluciones diferentes a problemas similares, ampliando las capacidades que la biología por sí sola no podría ofrecer.
Darwin afirmó en El origen del hombre (1871) que los seres humanos, igual que el resto de las especies vivas, descienden de formas preexistentes y que la selección natural explica también el origen del hombre. Un argumento clave a favor de esta idea fue la gran similitud entre los grandes simios (especialmente chimpancés, gorilas y orangutanes) y los humanos en el esqueleto, la fisiología e incluso el comportamiento. A partir de estos descubrimientos surgió la teoría del eslabón perdido, según la cual algunos seguidores de Darwin intentaron encontrar o reconstruir un ser intermedio entre los simios superiores y el ser humano, el llamado hombre-mono.
La teoría del eslabón perdido ha sido rechazada científicamente, aunque tuvo gran eco popular, porque supone dos errores: creer en un único eslabón intermedio y afirmar que el hombre desciende del mono, lo cual es falso, ya que humanos y simios proceden de antepasados comunes (antropoides) cuya línea se separó hace unos 2,4 millones de años. La reconstrucción de la evolución humana depende de fósiles difíciles de hallar, y aunque la cadena evolutiva está incompleta, los eslabones conocidos permiten entender claramente el origen de nuestra especie.
Literalmente, «monos del sur». En realidad, se trata de un conjunto de individuos que constituyen nuestros más remotos antepasados conocidos. Los restos más antiguos corresponden al Australopithecus anamensis, hallados cerca del lago Turkana (Kenia). Pero también se han encontrado restos de estos homínidos en Sudáfrica (Australopithecus africanus). El australopiteco más famoso pertenece a la variedad denominada afarensis y recibió el nombre de Lucy. Se encontró su esqueleto casi completo, fosilizado, en Hadar (Etiopía). Los estudios realizados permiten decir que era una hembra, con un cráneo pequeño, que andaba erguida sobre los pies y que tuvo hijos. La antigüedad de estos restos se estima en 3,2 millones de años. Los estudios sobre los australopitecos y la abundancia de los restos hallados dan solidez a la hipótesis de que la humanidad nació en África y desde allí se extendió a toda la Tierra.
Su nombre, que significa «hombre hábil», se debe a que junto a sus restos se han encontrado instrumentos de piedra sencillos. Un estudio detallado de las manos y de los pies (dedos curvados en ambas extremidades) indica que aún tenía vida arbórea y no solamente en el suelo. Su altura era similar a la de los australopitecos, pero su capacidad craneal era mayor (alrededor de 650 cm³). Vivió hace 1,9-1,6 millones de años en Tanzania.
Llamado así por su posición bípeda consolidada, vivió durante mucho tiempo: entre 1,8 millones y 300.000 años. Actualmente esta denominación se reserva para restos hallados en Asia (los conocidos como «hombre de Pekín» y «hombre de Java»), a pesar de que comparten características similares con otros fósiles encontrados en África o, incluso, en Europa. En 2004 se descubrieron unos restos de homínidos, no fosilizados totalmente, en la isla de Flores (Indonesia), a los que se conoce como «hombre de Flores». Se piensa que pueden ser descendientes directos del Homo erectus, a pesar de que llegaron a vivir simultáneamente a los humanos modernos (entre 90.000 y 13.000 años).
El hombre de Neandertal es una especie extinguida que habitó en Europa y en algunas zonas de Asia. Su nombre deriva del lugar donde se encontraron los primeros fósiles: el valle de Neander, cerca de Düsseldorf (Alemania), y se estima que vivieron entre hace 230.000 y 18.000 años. Tenían un cráneo alargado y grande (1.550 cm³ de capacidad), mandíbula sin mentón, un esqueleto ancho y muy fuerte, y baja estatura. A ellos se debe la cultura Musteriense, caracterizada por fabricar utensilios de piedra con martillos hechos con madera o hueso. Eran recolectores y cazadores. Aún se discute si poseían un lenguaje oral muy apoyado en gestos o si se trataba de un lenguaje puramente gestual. Lo cierto es que enterraban a sus muertos (lo que indica que tenían creencias religiosas) y que produjeron rudimentarias muestras artísticas.
En 1994, en el yacimiento de la Gran Dolina, en Atapuerca (Burgos), se encontraron fósiles correspondientes a unos individuos altos, fuertes y con un cráneo más pequeño que el del hombre actual. Se estima que vivieron hace 800.000 años, con lo que serían anteriores a los hombres de Neandertal, por eso se los denominó así: antecesores.
Es la denominación clásica, que hoy está cayendo en desuso, para referirse al Homo sapiens, o si se prefiere al hombre actual. Los fósiles más antiguos corresponden a hace unos 40.000 años y suelen asociarse a yacimientos europeos y a cuevas con pinturas rupestres. A partir de ellos se suele considerar que comienza el Paleolítico superior, no encontrando ya diferencias de tipo físico o biológico con los humanos actuales, sino culturales.
Hay que tener en cuenta que estos tipos de homínidos y humanos no descienden necesariamente unos de otros. Solo se trata de antecesores de los humanos modernos que no constituyen, ni mucho menos, la cadena completa. Aun así, son una muestra inequívoca de que la especie humana procede de otras especies que, en la actualidad, han desaparecido.
Una mutación es un cambio que se produce en el ADN, concretamente en un gen, y que aparece de manera azarosa, no porque el organismo lo necesite. Estas alteraciones genéticas pueden deberse a errores en la reproducción celular o a la acción de factores externos como radiaciones. Las mutaciones pueden tener efectos muy distintos: algunas resultan perjudiciales para el individuo, otras no producen efectos apreciables y otras pueden ser beneficiosas, facilitando una mejor adaptación al medio. Cuando una mutación es viable, queda fijada y se transmite a los descendientes siguiendo las leyes de la herencia genética. La selección natural se encarga de conservar aquellas mutaciones que favorecen la supervivencia y eliminar las que resultan desfavorables, lo que permite explicar la evolución de las especies.
Pierre Teilhard de Chardin defendió una concepción teleonómica de la evolución, es decir, sostuvo que el proceso evolutivo tiene una finalidad. Según este autor, la evolución biológica forma parte de un proceso cósmico más amplio que conduce progresivamente hacia niveles cada vez mayores de complejidad y conciencia. Distinguió tres grandes etapas: la geosfera, correspondiente a la evolución de la materia inerte; la biosfera, en la que aparece y se diversifica la vida; y la noosfera, que se inicia con la aparición del ser humano y de la inteligencia. Para Teilhard, la aparición del ser humano representa la culminación del proceso evolutivo, ya que en él se alcanza la conciencia reflexiva.
El Homo neanderthalensis fue una especie humana extinguida que vivió entre hace aproximadamente 230.000 y 18.000 años en Europa y algunas zonas de Asia. Presentaba un cuerpo bajo y robusto, con un esqueleto fuerte, un cráneo grande y alargado y una mandíbula sin mentón, características que le permitían adaptarse a climas fríos. Eran cazadores y recolectores y fabricaban herramientas de piedra propias de la cultura Musteriense. Además, enterraban a sus muertos, lo que indica la existencia de creencias religiosas, y realizaron manifestaciones artísticas rudimentarias. Aunque existe debate sobre si poseían un lenguaje oral complejo, es evidente que mantenían formas avanzadas de comunicación y organización social. Su relación con el Homo sapiens sigue siendo objeto de estudio, aunque se sabe que convivieron durante un tiempo.
El creacionismo puede entenderse de dos maneras distintas. Por un lado, como la creencia de que Dios ha creado el universo dotándolo de leyes naturales, entre ellas las leyes evolutivas, que explican la diversidad de los seres vivos. Por otro lado, existe una concepción fijista del creacionismo que sostiene que todas las especies fueron creadas tal y como existen en la actualidad, sin haber experimentado ningún proceso evolutivo. Esta segunda postura es incompatible con la explicación científica evolucionista, ya que ignora las pruebas aportadas por la paleontología, la genética y la biología molecular. El evolucionismo explica el origen y la diversidad de las especies mediante procesos naturales como las mutaciones genéticas, la herencia y la selección natural, sin recurrir a una finalidad previa. Ciencia y religión, sin embargo, no tienen por qué ser incompatibles, ya que responden a preguntas diferentes: la ciencia se ocupa de explicar cómo se producen los fenómenos naturales, mientras que la religión reflexiona sobre el sentido último de la existencia y la vida humana. Por ello, es posible aceptar la teoría de la evolución y mantener creencias religiosas.
