Portada » Economía » Instituciones y desigualdades en el mercado laboral: segmentación, precariedad y trabajo digital
Las teorías institucionalistas consideran que el mercado de trabajo no es un mercado libre ni natural, sino una institución social construida históricamente. El funcionamiento del mercado laboral está regulado por normas, leyes, convenios colectivos, sindicatos, empresas y el Estado. Los salarios no son simples precios, sino que están ligados a la identidad, la justicia y la dignidad social, como señala Solow. El acceso al empleo y las condiciones laborales están mediadas por reglas y no por la competencia perfecta. El mercado no tiende al equilibrio por sí mismo y necesita regulación para funcionar. Por ello, el mercado laboral refleja relaciones de poder, conflictos sociales y desigualdades estructurales, y no puede analizarse como un mecanismo autorregulado.
La segmentación del mercado laboral significa que éste se divide en distintos segmentos con reglas diferentes. Piore y Doeringer distinguen entre un segmento primario o mercado interno, y un segmento secundario o mercado externo:
La movilidad entre ambos segmentos es limitada debido a barreras institucionales y organizativas. Esta segmentación genera una dualización entre insiders protegidos y outsiders precarios. No se trata de un fallo accidental del mercado, sino del resultado de normas, estrategias empresariales, acción sindical y políticas públicas que protegen a unos grupos y excluyen a otros.
La teoría crítica interpreta el mercado laboral como un espacio de dominación capitalista y no como un ámbito neutral de intercambio. El trabajo es una relación de explotación en la que el capital controla los medios de producción y extrae plusvalía de la fuerza de trabajo. La segmentación del mercado laboral sirve para dividir a la clase trabajadora y debilitar su capacidad de acción colectiva. Las instituciones laborales y el Estado reproducen relaciones de poder favorables al capital. El desempleo, la precariedad y la desigualdad no son fallos aislados del sistema, sino consecuencias estructurales del capitalismo. El mercado laboral actúa como un mecanismo de control social y disciplinamiento de los trabajadores.
El ejército industrial de reserva es el conjunto de trabajadores desempleados o subempleados que el capitalismo mantiene de forma estructural. Según la teoría crítica, el desempleo cumple una función económica y social: presiona a los trabajadores ocupados para aceptar peores salarios y condiciones laborales, debilita la negociación colectiva y facilita la disciplina laboral. La existencia de una masa disponible de mano de obra garantiza la flexibilidad del capital y la contención salarial. Por ello, el desempleo no es un accidente ni un desequilibrio pasajero, sino un elemento funcional al sistema capitalista, que sirve para asegurar la rentabilidad del capital y reproducir la desigualdad estructural.
La flexibilidad se convirtió, desde los años ochenta, en el eje central de las políticas de empleo, asociada a la capacidad de las empresas para adaptarse rápidamente a los cambios del mercado mediante contratos temporales, despidos, movilidad funcional o ajuste salarial con el fin de reducir costes. La flexiguridad surge en Europa como un concepto híbrido que intenta combinar flexibilidad empresarial con seguridad para los trabajadores. Defiende que la estabilidad no debe residir en el puesto de trabajo, sino en la capacidad del individuo para transitar entre empleos gracias a políticas activas, formación continua y protección social.
No obstante, la sociología del trabajo critica que, en la práctica, muchos países han aplicado solo la flexibilidad y no la seguridad. Esto ha desplazado la responsabilidad del empleo hacia el trabajador, transformando la seguridad colectiva en un autoaseguramiento individual y facilitando procesos de precarización y dualización del mercado laboral.
La precariedad se refiere a una situación laboral caracterizada por inestabilidad, bajos salarios, ausencia de derechos, falta de protección social y dificultad para construir una trayectoria vital coherente. Guy Standing define al precariado como una nueva clase social emergente y distingue tres tipos:
Esta diversidad dificulta la acción colectiva, aunque Standing sostiene que el precariado solo podrá superarse cuando se organice como una clase para sí.
El capitalismo de plataformas representa una nueva fase del capitalismo basada en infraestructuras digitales que conectan usuarios, servicios y mercados a escala global. Su principal fuente de valor no es la producción material, sino la extracción y explotación de datos generados por usuarios y trabajadores. Las plataformas convierten actividades cotidianas en trabajo mercantilizable y fomentan figuras como el prosumidor, que produce valor sin remuneración.
Además, las plataformas:
Por ello, autores como Subirats advierten de la necesidad de politizar y regular la revolución tecnológica para evitar nuevas formas de desigualdad estructural.
