Portada » Filosofía » Conocimiento científico, método y sesgos históricos en la ciencia
Conocimiento ordinario: no es especializado; parte de la experiencia, es intuitivo y consiste en las opiniones formadas por el sentido común. Es una acumulación de información no vinculada entre sí. Por ejemplo, en un negocio familiar de artesanía, los conocimientos se han transmitido entre los mismos familiares dada la experiencia y la práctica.
Conocimiento científico: busca las causas, el cómo y el porqué; explica las leyes y cuál es el procedimiento que se sigue para alcanzar el conocimiento. Es un saber crítico, metódico, verificable, ordenado, objetivo y, en la medida de lo posible, universal. Por ejemplo, un artículo en una revista sobre el pie diabético explicado por una clínica podológica.
Método científico: se basa en procedimientos ordenados, claros y concisos. Se consultan diversas fuentes para contrastar información, recoger datos, plantear hipótesis y realizar experimentos hasta llegar a una conclusión. A grandes rasgos, las etapas incluyen:
Ciencia: es un conjunto de conocimientos racionales, verificables y falibles que se obtienen mediante un método sistemático que implica la observación y el razonamiento para deducir principios y leyes. Busca explicar distintos fenómenos naturales, sociales y, en ocasiones, espirituales.
A lo largo de la historia, la ciencia ha avanzado en distintos campos: en el siglo XVIII se desarrollaron trabajos en química, electricidad y astronomía, así como expediciones y avances quirúrgicos y tecnológicos. En la segunda mitad del siglo XIX surgió el llamado optimismo científico, que concebía la ciencia como búsqueda de una verdad objetiva, neutral e independiente. Con el desarrollo científico y tecnológico también se plantearon debates sobre si la ciencia es la única forma de conocimiento o la fuente de la felicidad humana.
En el siglo XX tuvieron lugar eventos que marcaron el uso de la ciencia en la guerra y la política: la Primera Guerra Mundial (1914-1918), con empleo de armas químicas; la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), con el uso de energía atómica; y el Proyecto Manhattan, que culminó con las bombas atómicas de 1945 en Hiroshima y Nagasaki. Entre guerras y desarrollos militares se produjo un avance científico que también suscitó la necesidad de una reflexión ética sobre la producción de conocimiento, así como límites, controles y restricciones en ciertas investigaciones y experimentos científicos.
Racismo científico: fue una pseudociencia desarrollada en el siglo XIX y principios del siglo XX que intentó proporcionar una base «científica» para justificar la discriminación racial y la supremacía de ciertos grupos étnicos sobre otros. Se intentó cientificar la noción de raza empleando métodos y teorías erróneas.
Una de las primeras herramientas utilizadas para discriminar a diferentes grupos humanos fue la craneología. Otro tipo de pseudociencia fue la frenología. A partir de la morfología craneal se pretendía clasificar a la sociedad, creando jerarquías de «más» o «menos» inteligentes. Así, a personas de origen africano se les llegó a negar la libertad o la igualdad basándose en supuestas diferencias craneales u orgánicas, argumentos que en su momento fueron presentados como científicos por profesionales de la época.
La eugenesia fue otra manifestación de estas ideas: proponía la selección artificial de características y legitimaba la existencia de una supuesta «raza superior», dando lugar a políticas de discriminación, campos de concentración y genocidios. Hoy en día se entiende que la raza es una construcción social; muchos de los estereotipos raciales se han desmontado y la genética moderna ha demostrado que las razas, tal como se concebían, no existen. La desigualdad es fundamentalmente social, política y económica, no genética.
Misoginia económica: se refiere al uso de la ciencia o de argumentos científicos malinterpretados para justificar la inferioridad de las mujeres. Históricamente, se alegó la inferioridad moral de la mujer (según el modelo de Eva) y se utilizaron teorías médicas o naturales para presentar al sexo femenino como «incompleto».
Se afirmaba que las mujeres tenían un temperamento biológico «frío y húmedo» o una menor capacidad racional, mayor intuición y emotividad, o que diferencias cerebrales (por peso o tamaño) implicaban menor inteligencia. Estas afirmaciones confundían correlación y causalidad y se basaban en prejuicios culturales. Por ejemplo, se generó tanto debate que algunas científicas recurrieron a experimentos públicos para desmontar estos mitos: se relata que Helen H. donó su cerebro para combatir el prejuicio según el cual un cerebro más grande equivaldría a mayor inteligencia.
Efecto Matilda: describe la invisibilización de las contribuciones de las mujeres en la ciencia. A lo largo de la historia hubo escasos referentes femeninos reconocidos; muchas investigadoras quedaron sin crédito por su trabajo, y los premios y reconocimientos a menudo favorecieron a los hombres. Esta falta de visibilidad impidió que las mujeres tuvieran modelos a seguir en la ciencia y dificultó su acceso a posiciones de liderazgo.
La ciencia es un concepto complejo que no se limita únicamente al descubrimiento de hechos; está influida por el contexto histórico, social y cultural en el que se desarrolla. No es neutral, ya que responde a intereses, valores éticos y decisiones humanas concretas.
El conocimiento científico no avanza sólo por acumulación de datos, sino también mediante rupturas y cambios de paradigma que transforman nuestra forma de entender la realidad. Además, la ciencia es una actividad colectiva e institucional, condicionada por normas, financiación y estructuras sociales. Por ello, el conocimiento científico está siempre sometido a revisión, debate y cambio. La ciencia no es independiente de la sociedad: interactúa con ella y tiene consecuencias sociales, políticas y culturales.
En definitiva, la ciencia es un proceso dinámico, histórico y crítico que busca comprender la realidad, pero nunca de forma absoluta ni definitiva.
dasfaa
