Portada » Religión » La Eucaristía: Corazón de la Vida y Fe Católica
La Eucaristía es el misterio central de nuestra fe. En la Última Cena, Jesús anticipa el sacrificio en la cruz: ofrece su Cuerpo y su Sangre para la salvación del mundo. En la cruz, Jesús ofrece al Padre su Cuerpo y su Sangre; Él mismo se entrega, se hace ofrenda para que el Padre perdone nuestros pecados y nos dé la vida divina.
La Iglesia creció reunida en torno a la Eucaristía. Después de la Ascensión de Jesús al cielo, los apóstoles se reunían para celebrar la Eucaristía que Jesús había instituido en la Última Cena. Celebraban una comida en torno a una mesa, partían el pan y bebían de la misma copa. Las primeras comunidades seguían fielmente este mandato que el Señor les había dado.
Para los primeros cristianos, la Eucaristía era una verdadera fiesta, el momento más importante donde encontrarse juntos, como Iglesia reunida en el nombre de Jesús, para celebrar la salvación que Él les había ofrecido con su muerte y resurrección. San Pablo escribe a la iglesia de Corinto sobre la manera de celebrar la Eucaristía.
1407 La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros a su sacrificio de alabanza y acción de gracias ofrecido una vez por todas en la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio derrama las gracias de la salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia.
1408 La celebración eucarística comprende siempre: la proclamación de la Palabra de Dios, la acción de gracias a Dios Padre por todos sus beneficios, sobre todo por el don de su Hijo, la consagración del pan y del vino y la participación en el banquete litúrgico por la recepción del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Estos elementos constituyen un solo y mismo acto de culto.
1409 La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, es decir, de la obra de la salvación realizada por la vida, la muerte y la resurrección de Cristo, obra que se hace presente por la acción litúrgica.
1410 Es Cristo mismo, Sumo Sacerdote y Eterno de la Nueva Alianza, quien, por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el sacrificio eucarístico. Y es también el mismo Cristo, realmente presente bajo las especies de pan y de vino, la ofrenda del sacrificio eucarístico.
1414 En cuanto sacrificio, la Eucaristía es ofrecida también en reparación de los pecados de los vivos y de los difuntos, y para obtener de Dios beneficios espirituales o temporales.
1411 Solo los presbíteros válidamente ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
1412 Los signos esenciales del sacramento eucarístico son pan de trigo y vino de vid, sobre los cuales se invoca la bendición del Espíritu Santo y el presbítero pronuncia las palabras de la consagración dichas por Jesús en la Última Cena: «Este es mi Cuerpo entregado por vosotros… Este es el cáliz de mi Sangre…».
1413 Por la consagración se realiza la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Bajo las especies consagradas de pan y vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y sustancial, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad (cf. Cc. de Trento: DS 1640; 1651).
1415 El que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente, no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el Sacramento de la Penitencia.
1416 La Sagrada Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los pecados veniales y lo preserva de pecados graves. Puesto que los lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la recepción de este sacramento consolida la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
1417 La Iglesia recomienda vivamente a los fieles que reciban la Sagrada Comunión cuando participan en la celebración de la Eucaristía; y les obliga a hacerlo al menos una vez al año.
1418 Puesto que Cristo mismo está presente en el Sacramento del Altar, es preciso honrarlo con culto de adoración. «La visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, Nuestro Señor» (Pablo VI, Enc. Mysterium Fidei).
1419 Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de nuestra vida, nos hace desear la vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del Cielo, a la Santa Virgen María y a todos los santos.
1183 Cuando faltan los ministros sagrados u otra causa grave hace imposible la participación en la celebración eucarística, se recomienda vivamente que los fieles participen en la Liturgia de la Palabra, si esta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito por el obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo conveniente solos o en familia o, si es oportuno, en grupos de familias.
2180 El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la Ley del Señor: «El domingo y las demás fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar en la Misa« (cf. CIC can. 1247). «Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde« (CIC can. 1248, 1).
2181 La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso, los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (p. ej., enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (cf. CIC can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.
2182 La participación en la celebración común de la Eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se confortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.