Portada » Lengua y literatura » Vida y Discipulado de Sant Ajaib Singh Ji: Un Relato Espiritual
Un resumen de la vida espiritual y del discipulado de Sant Ajaib Singh Ji con sus propias palabras.
Resumen de Michael Mayo Smith
Publicado originalmente en inglés en septiembre de 2007 por: Sant Bani Ashram, Sanbornton, NH (USA). ISBN 978-0-89142-051-4. Library of Congress Control Number: 2007929269.
En la edición en inglés, cada párrafo cuenta con un número de referencia que indica la fuente (página 431). Gran parte del material proviene de la revista Sant Bani, del libro Canto de los Maestros, así como de discursos inéditos identificables por fecha y lugar.
Mujhe apna bana lo Kirpal, Dyal tujhe sab kahete
Oh Kirpal, hazme tuyo. Todos te llaman el Misericordioso.
— Sant Ajaib Singh Ji
La palabra “Kirpal” significa misericordioso. En Punjab se dice regularmente que Dios Omnipotente es “Kirpal”; Él es Misericordioso, el Océano de Gracia.
Todos aquellos que estuvimos sentados a los pies de Sant Ajaib Singh hemos observado que narraba muchas historias de su propia vida para ilustrar sus discursos. Con el pasar de los años, maduró la idea de crear un libro maravilloso si estas historias fueran recogidas en orden cronológico, redactando una biografía con sus propias palabras. Pregunté a Sant Ji al respecto en 1990 y me dijo que un libro similar sería una fuente de inspiración. Finalmente, en diciembre de 1996, en lo que resultó ser mi último coloquio con él, se lo pregunté otra vez. Sigue la transcripción de su respuesta:
«Bienvenido, eres bienvenido, estoy feliz de verte. Tu idea es óptima y si procedes a completar este proyecto, se demostrará muy positivo, un válido apoyo para las personas que vendrán en el futuro. De hecho, servirá como un faro para las generaciones venideras. Esto es porque no contendrá críticas para nadie; no habrá comentarios de ninguna religión o credo particular. Cualquier cosa recogida, dicha o escrita referida a mí, será conectada o referida solo a la espiritualidad.
Cuando hablo de los historiadores del pasado, cuando digo que han escrito del rey del mundo y no han escrito mucho de los Santos, es absolutamente verdad. Las biografías de los diez Gurus Sikh o la biografía de Kabir Sahib no fueron escritas por ningún discípulo. Las informaciones fueron recogidas por algunos que no eran iniciados de esos maestros, y obtuvieron un esquema de otros, escribiendo después las biografías. Existen muchos libros que leemos de aquellos Maestros del pasado en los cuales no son correctas ni las fechas de nacimiento ni los lugares donde vivieron. No coinciden entre ellos porque todos han escrito según su propia comprensión.
Lo que he sospechado, comprendo lo que el Maestro Kirpal y Baba Sawan Singh han entendido y enseñado: no incumbe otra cosa que la espiritualidad. Las enseñanzas de los Maestros del pasado no han sido modificadas ni alteradas. Han sido preservadas como fueron escritas y hemos entendido las verdaderas enseñanzas, los verdaderos Banis de los Maestros perfectos, y esto es de lo que aquí hablamos. Los escritos de los Maestros hablan solo de espiritualidad y nada más.
Baba Bishan Das mismo fue un ejemplo único del buscador. Él también buscó mucho y decía que es un pecado que ninguno de los iniciados de los Maestros del pasado haya escrito la realidad de la verdadera vida y las enseñanzas de tales Maestros. Por lo tanto, si haces este libro, considéralo un seva, y al hacer este trabajo aceptarás los consejos de otros sabios y eruditos; será óptimo, no solo para las personas del tiempo presente, sino también para las personas que vendrán y obtendrán beneficio. Es siempre considerado un buen libro aquel que, como un faro, ilumina y guía a las personas que vendrán al mundo.
Hay poquísimos Bhajanes de Mira Bai, y sin embargo la gente los lee, los cantan con grande amor y afecto. Igualmente están disponibles pocos bhajanes, poquísimos versos escritos de otras Santas como Sehjo Bai y Daya Bai. No hay mucha literatura y sin embargo la gente respeta y es alegre con lo que hay a disposición.
Bien, es óptimo. Pienso que el Maestro Kirpal te está animando, te está inspirando, y si tienes el tiempo, tienes una óptima oportunidad. Deberías hacer este libro.»
Son necesarias algunas palabras sobre el proceso mediante el cual han sido reunidas y seleccionadas las historias. He pasado los volúmenes de la revista Sant Bani y las historias fotocopiadas que Sant Ji ha narrado de su vida. Esta fuente ha sido completada con diversas historias copiadas de discursos no publicados y disponibles en cintas de audio de Sant Ji o de programas cuando los discípulos iban a la India para estar con Él. Frecuentemente existían versiones distintas del mismo evento, cada una con detalles diferentes. En algunos casos, cuento diferentes versiones mezclándolas entre ellas y extrayendo una que fuera la más fácil de leer, dándole a la historia el sentido más precioso. En la sección de referencias se citan las fuentes para cada historia. Las historias son presentadas en primera persona, con las palabras de Sant Ji; por lo tanto, he usado solo fuentes primarias. Una excepción ha sido la integración de algunos acontecimientos tomados del libro Support for the Shaken Sangat del señor Oberoi. Estos detalles se basan en coloquios del señor Oberoi con Sant Ji, y visto que Sant Ji hizo referencia a este libro en numerosas ocasiones y notó que cualquier cosa escrita en él es completamente verdadera, me sentí tranquilo al incluirlas. Son incluidos similarmente un par de resúmenes detallados de Russell Perkins, A Brief Life Sketch of Sant Ajaib Singh, publicados durante la vida de Sant Ji y basados en coloquios de Russell con Sant Ji.
Poco a poco han fluido las secuencias de las historias y han sido creadas en varios capítulos. En muchos casos, la precisión de los eventos de los cuales habla Sant Ji en su vida es muy clara, aunque en otros no. En particular, es difícil establecer el exacto orden cronológico de varios eventos hacia el final del discipulado de Sant Ji. Cuando no era claro, he implorado para ser guiado y he buscado dar lo mejor. Noto que en muchas ocasiones Sant Ji ha declarado no ser muy dotado con las fechas y que no podía siempre recordar exactamente cuándo habían ocurrido las cosas en su vida. El significado espiritual de todas las historias o el papel de la vida de Sant Ji no está comprometido con exactitud, mucho menos con las fechas.
El único punto que quisiera aclarar es el tiempo que viví con Sant Ji en Kunichuk Ashram (Khuni Chak a Singhpura) después de haber recibido la iniciación de Kirpal, en el momento que fue a meditar a tiempo lleno en el cuarto subterráneo en el poblado del 16PS. Al escuchar las varias historias que Sant Ji cuenta, este punto no es a veces muy claro. Le he pedido al señor Oberoi de entrevistar a varios discípulos del Rajasthan que conocían a Sant Ji antes del encuentro con Kirpal y quedaron relacionados con él por todo el tiempo, incluido el periodo que vivió a los pies de Kirpal. Eran inseguros específicamente de cuándo Sant Ji se marchó para ir al 16PS; sin embargo, confirmaron que Sant Ji se quedó en Kunichuk por unos cuantos años después de la iniciación y que Kirpal lo visitó varias veces en el transcurso de sus vueltas por el Rajasthan. Es inconsistente con los numerosos referentes que Sant Ji reportó sobre los eventos ocurridos cuando Kirpal lo visitaba en Kunichuk, y las historias de los años santos de Sant Ji con Kirpal están establecidos para reflejar esto.
Por todo el libro hay traducciones de bhajanes o versos espirituales. Son identificados por el título en hindi o punjab, así como aparecen en el libro Cantos de los Maestros. Todos los bhajanes fueron escritos por Sant Ji, de otro modo son indicados.
Hay numerosos términos espirituales, palabras en punjab/hindi y relacionados a figuras históricas utilizadas en las historias de Sant Ji. Algunos son explicados en el texto; para otros hay un glosario. Para una mejor comprensión de los términos espirituales, por favor hagan referencia a cualquier libro de la Sant Mat; hemos incluido una sección Libros de la Sant Mat al final del texto.
Para cerrar, quisiera agradecer a Russell Perkins por ser uno de los «sabios y eruditos» de los cuales busqué ayuda y apoyo en base a los sugerimientos de Sant Ji, y por sus comentarios positivos de los primeros borradores, que fueron extremadamente alentadores. Gracias también al señor A.S. Oberoi, «otro sabio y erudito», por el estímulo y la ayuda, por haber entrevistado a Pathi Ji en su papel para encontrar a Ajaib. Jan Classen y Jane Jorgenson han escrito devotamente el material de los discursos inéditos. Raj Kumar Bagga (Pappu) tradujo al momento los discursos de Sant Ji que fueron dados. Roberta Wiggins y Cab Vinton han hecho la revisión de las páginas. Richard y Susan Shannon han ofrecido sugerencias preciosas en el curso del proyecto y contribuido con muchas horas para la edición y la estructura del libro. Aprecio la ayuda de todas estas personas.
Mis máximos agradecimientos a ambos, el Maestro Kirpal Singh y Sant Ji, por haberme permitido contribuir a la publicación de esta obra. Si se dice que la gracia viene concedida no porque somos alguien, a pesar de lo que somos. La oportunidad de hacer un seva como este es una gracia especial y no arriesgo a expresar el profundo aprecio por esta oportunidad.
Michael Mayo, septiembre 2007
Parece que el anhelo de realizar a Dios y el deseo de verlo han colmado mi corazón antes de ser creado. Sepan que a la edad de cinco años se es todavía muy joven, y sin embargo guardaba ya en mi corazón el anhelo de Dios. Recuerdo todavía los pensamientos que tenía. Lloraba y pensaba: «¿De dónde vengo? ¿Dónde estoy andando? ¿Cómo puedo afrontar los problemas de este mundo? ¿Hay alguien que pueda aliviar todo este dolor? ¿Hay alguien que pueda considerar como mi protector?»
Cuando tenía cinco o seis años, antes de ser bastante grande para entender las enseñanzas, solía ir al gurdwara (el templo sagrado de los sikh) con mis padres; había nacido en una familia sikh. Escuchaba la gloria y las alabanzas de los diez Gurus Sikh, y en mi mente crecía el deseo de practicar la devoción del Señor. Amaba leer los Gurbanis, las escrituras de los Gurus sikh, y los banis (los versos) de todos los Santos y los amados de Dios ya en tierna edad.
De vez en cuando escuchaba las historias de los grandes Maestros y de sus discípulos, y en mi intimidad surgía una pregunta. Me preguntaba si yo sería tan afortunado de encontrar un Maestro en mi vida. Me preguntaba cómo había sido para aquellos discípulos que habían tenido Maestros como los Gurus sikh: Guru Nanak, Guru Angad, Guru Ramdas o Guru Arjan. ¿Cómo se sentían al estar sentados de frente al Maestro? ¿Quizás si yo podré sentarme a los pies de alguno en mi vida? ¿Encontraré un Maestro como Guru Nanak o Kabir? ¿Encontraré un Maestro que refresque mi corazón acalorado? Muchas veces me preguntaba de aquellos discípulos que fueron bastante afortunados de sentarse a los pies de los grandes Maestros. Siempre deseaba la llegada de aquel día en el cual también yo lograría sentarme a los pies de un Ser Perfecto. Alimentaba siempre este anhelo: «¿Pueda yo encontrar un emperador que sea el tesorero del Naam, nombrado por Dios mismo?»
Además, cuando escuchaba las historias de los discípulos que obtenían la iniciación de un Maestro perfecto y después enseguida, obedeciendo a la mente, lo abandonaban, sentía piedad por ellos. Me preguntaba: «¿Cómo han podido hacer una cosa así con un Maestro perfecto? ¿Cómo han podido no creer más en el Maestro y en sus mandamientos?» En ese tiempo decidí que si hubiera logrado con la gracia encontrar un Maestro perfecto y ser iniciado por él, hubiera hecho lo que me fuera pedido. Pensaba: «Si seré bastante afortunado de encontrar un Maestro igual en mi vida, no obedeceré nunca a la mente. Haré todo lo que él desee». Estos eran mis sentimientos cuando era muy joven.
Los niños juegan con muñecos; yo también jugaba con muñecos que creaba tomando inspiración de las personas que observaba en adoración en los templos con el pensamiento: «Este es mi Dios». En aquellos días no habían muñecos de plástico en India, por eso hacía muñecos o ídolos utilizando pedazos de telas rotos. Dejaba dulces y otras cosas de frente al ídolo y le pedía: «Oh Dios, primero come tú y después comeré yo», y, sin embargo, ninguno vino a comer y cuando la gente descubría lo que hacía, reían de mí.
Esta fue la petición, la oración que hice en la infancia: suplicaba a ese Poder invisible, aquel Dios, de venir a mi puerta. Le decía: «Que tú me conozcas o no, o que yo te conozca y tú no, por favor ven a mí. Si tú te manifiestas, sacrificaré cualquier cosa, todo mi ser por ti».
Los padres que me dieron la vida (mi verdadera madre y mi verdadero padre) dejaron el cuerpo apenas nací. En cualquier modo, fue otra pareja, marido y mujer, que me adoptaron y me educaron como si fuera su propio hijo. Los consideré como mi madre y mi padre y en ellos encontré una óptima familia. Estos padres fueron muy cariñosos, muy familiares y fueron siempre un gran ejemplo para mí. No recibí nunca una mala sensación de parte de ellos; mostraron siempre con su conducta que la relación de marido y mujer es de amor y no de peleas, ofensas o críticas recíprocas. Mi madre era muy devota y atendía siempre a mi padre. Había heredado la virtud del servicio para los demás; estaba siempre a disposición de mi padre. Notaba que muchas veces cuando mi padre se enfermaba o estaba mal, mi madre continuaba a hacerle masajes por toda la noche.
Mi padre era muy religioso, siempre fue devoto a la religión sikh de la cual fue educado por su propia familia. Realizaba siempre todos los rituales y las ceremonias de los sikh. Era un gran devoto de las sagradas escrituras sikh, el Guru Granth Sahib, y frecuentaba asiduamente el gurdwara, el templo sikh. Una vez cada seis meses en nuestra casa efectuaba la Akhand Panth, una ceremonia en la cual las escrituras sikh vienen recitadas sin interrupción día y noche. Mis padres eran vegetarianos y mi padre era tan rígido en la dieta que no le gustaba ni menos sentarse cerca de una persona que acostumbraba a beber alcohol o comer carne. No permitió que ninguno de nosotros se acercase a una persona que comiera alimentos no vegetarianos o bebiera vino. A causa de su rigidez, también yo era vegetariano de nacimiento.
Mi madre era muy devota y fue solo gracias a ella que tuve la inspiración y el deseo de practicar la devoción de Dios hasta llegar a ser saturado. Tenía un Maestro y, aunque sin saber si era perfecto o no, era muy sincera, honesta y hacía las prácticas que le había indicado; meditaba tanto. Fue una gran alma, se preocupó por mí y me dio educación en modo ejemplar, si bien no había sido ella quien me dio el nacimiento. Me contaba tantas historias de su vida y me incitaba a la devoción. Me decía que uno debería meditar, debería practicar la devoción «porque era la única cosa que vendrá con nosotros. Porque al final no podremos llevarnos nada más de este mundo». Creciendo, entendí siempre más mi responsabilidad de la importancia del nacimiento humano. La madre tiene un gran efecto en la vida del hijo y la inspiración que tuve de practicar la devoción de Dios Todopoderoso fue gracias a mi madre. Fue solo por su devoción al Maestro que fui orientado a la devoción por Dios.
Los buenos actos de los padres tienen un gran efecto e impacto sobre el carácter de los hijos. En la historia podemos encontrar numerosos ejemplos y acontecimientos de los cuales aprendemos cómo la bondad de los padres ha tenido un efecto positivo en los hijos. Estas historias nos muestran que los hijos llegaron a ser buenos como sus padres porque ellos mismos fueron buenos y no hicieron nada de malo de frente a los hijos. Si los padres entendieran cuánta responsabilidad tienen en la formación de la vida de los hijos, entonces podrían encaminarlos mucho mejor. Si la madre es una meditadora, no solo puede imprimir fácilmente una buena disciplina al hijo, hasta hacerle obtener el estado de un Santo.
Una famosa historia tomada en consideración del Santo sufí Farid habla de su infancia. La madre era una buena meditadora: entraba internamente y tenía la tendencia de enseñar la vía de la devoción al hijo. Quería que el hijo empezara a practicar la devoción de Dios desde la infancia y a ser un devoto. Así que comenzó a decirle desde temprana edad: «Hijo, deberías practicar la devoción de Dios».
Ustedes saben que los niños son siempre golosos por los dulces, por esto el niño respondió: «¿Dios me dará azúcar confitada?» La madre le respondió: «Sí, practicando la devoción, Dios es muy dulce y te dará dulces y azúcar confitada».
Al inicio tuvo que trabajar duramente y enseñarle cómo practicar la devoción. Le abría la esterilla para hacer las plegarias y le daba un poco de atención para hacerlo meditar. Después de un poco, metía dulces en un plato, los colocaba de frente a él con estas palabras: «Muy bien, ahora suspende. Dios te ha dejado unos dulces».
Tuvo que insistir algunos días, pero al darse cuenta empezó a practicar la devoción; cuando empezó a disfrutar de la embriaguez del Naam que obtenía en lo interno, no anheló más los dulces y el azúcar. Volviéndose un Maestro perfecto, escribe: «Sin duda alguna el azúcar, los dulces, la miel y la leche son dulcísimos pero, oh madre, la suavidad del Naam no es comparable a ninguno de estos».
También mi madre narraba la historia de un hombre cuya madre era la responsable de su suerte. Esta historia narra los acontecimientos de un joven que se dedicó a robar. Cuando llevaba a casa alguna cosa, la madre no lo reprendía, más bien lo estimulaba a robar mucho más. Estaba siempre muy contenta de que el hijo le trajera cosas de afuera, gracias a los robos que cometía. Continuó a estimularlo hasta que un día se convirtió en un ladrón. Una vez fue a robar y en aquella circunstancia asesinó a una persona; como resultado fue capturado por la policía y condenado a muerte. Antes de que lo llevaran a la horca, le preguntaron si quería ver a alguien y si tenía un deseo final. Dijo: «No tengo algún deseo, no quiero ver a nadie excepto a mi madre. Sería feliz si pudieran traerla aquí».
Cuando la madre fue llamada, estaba muy contenta. Siendo todavía interesada en la riqueza, pensaba: «Seguramente mi hijo me revela un secreto, seguramente me revela un tesoro escondido».
El hijo dijo: «Madre, acércate y escúchame, quiero revelarte un secreto». La madre, feliz, acercó el oído a las barras, el cual el hijo arrancó de un mordisco reprochándola: «A causa tuya estoy por ser ahorcado. Si tú me hubieras impedido que yo robara, no sería un ladrón. Esto ha sucedido solo porque tú has continuado a inspirarme a robar».
En familia había una tía que tenía un pésimo carácter. Regañaba siempre a los hijos, cada día continuaba a repetir que había trabajado duramente por ellos, en el tentativo de hacerles entender cuánto se había empeñado por ellos. Si bien no les había educado en modo positivo, hablaba con estos términos: «He trabajado duramente por ustedes, que ahora mis uñas están mugrientas», haciendo referencia al tipo de atención que había dado a ellos.
Mi madre, al contrario, era una buena mujer. Un día le pregunté: «Madre, has hecho tanto por mí, ¿cómo puedo pagarte por todo lo que has hecho?» Respondió: «No, querido hijo, no hice nada por ti. Es todo causa de la gracia de Dios Omnipotente si he tenido la oportunidad de cuidarte y cumplir con mi responsabilidad. No te hice ningún favor; soy muy afortunada por ser tu madre». No me hizo nunca pensar lo que hacía por mí. Fue solo por su virtud que nació en mí el deseo de practicar la devoción del Señor.
Por lo tanto, pueden ver la diferencia entre mi madre y mi tía. Si nosotros también tenemos una actitud similar hacia nuestros hijos, como aquella de mi madre, también ellos serán buenos; en vez, si una madre hace algo por los hijos y continúa a decir: «Hice esto por ti… hice aquello por ti», etc., hacen sentir a los hijos como si ellos no fueran nada, que cometen siempre errores. Esto crea un complejo de inferioridad dentro de ellos y los hace depresivos. Al contrario, si uno continúa a elogiar y animarles, y no criticarlos de frente a los demás, tendrán un óptimo efecto para ellos. Seguramente no son como vienen descritos, pero si se les anima y no se les critica de frente a los demás, se esforzarán de ser así, tendrá un óptimo efecto sobre ellos.
Desde que era niño sentía que había perdido algo, advertía siempre este vacío, día y noche. Cuando tenía siete años salía con mi madre y a menudo veía un anciano sentado debajo de un árbol cerca de casa. Era muy anciano y estaba sentado inclinado hacia adelante; pregunté a mi madre: «¿Por qué está curvado?» Mi madre respondió: «Todos los hombres llegan a ese estado, un día todos deben afrontar la vejez». Quedé muy impresionado, pensé: «¿Por qué el hombre cambia siempre? ¿Por qué su condición no es permanente?» Después me sentí muy triste también por mi cuerpo: si no podemos mantener nuestro cuerpo por tanto tiempo, ¿por qué somos así tan apegados a él?
Por un año observaba aquel anciano sentado de ese modo, pero un día pasando por allí con mi madre, no lo vi más. Quedé sorprendido y le pregunté dónde estaba; me dijo que había muerto. No había nunca visto morir a alguien, le pregunté: «Ahora el anciano está muerto; ¿dónde se fue? ¿Podrá regresar al mundo?» Mi madre respondió: «No sé dónde irá un hombre después de la muerte, pero ninguno puede regresar al mundo; en el momento de la muerte es necesario dejarlo completamente». En aquel estado de inocencia me pregunté: «Cuando un hombre no sabe ni siquiera dónde irá después de la muerte y no sabe si regresará al mundo, ¿entonces por qué es así de apegado a él?»
Después, siempre durante mi infancia, un amigo dejó el cuerpo y era curioso de saber qué cosa le había sucedido. Muchos lloraban y se afligían por el alma; pensé: «Seguramente él debería haber escuchado esos llantos y tarde o temprano se levantaría». Para mi sorpresa no fue así y cuando vi cuatro personas que llevaban el cadáver al lugar de cremación, pregunté a mi madre: «¿Madre, dónde se fue?» Respondió: «Ha dejado el mundo, su cuerpo será cremado para que no pueda regresar». Entendí que ni menos mis padres conocían el destino de un hombre después de la muerte. Pensé: «¿Cómo pueden ayudarme a resolver este problema aquellos que ni siquiera saben dónde irá un hombre después de la muerte?» En aquel tiempo me fue dicho que cualquiera que naciera en este mundo, un día vendrá su final y deberá dejarlo. Por esto estaba preocupado por mi muerte. Es por esto que día y noche lloré buscando una solución al dolor que me causaba ese problema. Si bien fuera muy joven, lloraba. Lloraba por la separación de Dios solo porque mi alma era separada.
Este misterio de la muerte me atormentó siempre, día y noche. Me preguntaba: «¿Por qué viene la muerte? ¿Qué cosa sucede cuando uno muere?» Martirizado por el misterio de la muerte, dormía siempre solo para poder reflexionar con gran profundidad. Pensaba en esta pregunta al punto de perderme en el sueño. Mi madre me preparaba una cama cómoda, pero no la usaba nunca. Había encontrado un saco de yute y de noche, cuando ella regresaba a su cuarto, lo utilizaba para dormir en el piso. Siendo un niño, mi madre entraba en mi cuarto muy temprano por la mañana (a las dos, a las tres) para controlarme. Y a veces, antes que ella entrara, escuchaba sus pasos y me levantaba para regresar a mi cama. Algunas veces llegaba y descubría que dormía en el piso. Se enojaba conmigo: «¿Por qué no duermes en la cama? ¿Para qué hemos creado todas estas comodidades? Si no las usas, ¿para qué estamos recogiendo esta riqueza? Eres todavía muy pequeño para practicar la devoción». Pero yo pensaba que cuando arde el fuego, los troncos más pequeños se encienden enseguida, aquellos más grandes lo hacen más tarde. Le dije: «Es posible que moriré primero que tú» y tenía miedo de morir sin haber resuelto el misterio de la muerte.
Mis padres estaban preocupados, considerando mi joven edad, por lo que estaba sucediendo y temían el hecho de que no podía dormir. Imaginaban que tenía algún problema y que quizás algún espectro me había posesionado. Utilizaron muchos amuletos y otras cosas para alejar el miedo del espectro o espíritu. En cualquiera de los casos no había nada que me creara alguna molestia. Cuando buscaba dormir, no lo lograba porque continuaba a pensar: «¿Qué cosa he perdido?» Desde mi niñez conservaba íntimamente el deseo de realizar a Dios del cual estaba separado de edad en edad. No sabía quién era o dónde vivía, y sin embargo guardaba el deseo de realizar aquel Poder escondido. Nada me atraía y sentía siempre un vacío, porque el Poder indivisible no se manifestaba. Aquello causó inquietud en mi interior, porque era separado de Él y no lo había realizado.
No lograba describir mi condición ni siquiera a mi madre. Le decía solo: «No puedo decirte qué cosa es lo que me hace falta porque no lo sé. Todavía no he entendido cuál es la cosa que me hace falta».
Desde niño he tenido una gran confianza en mis padres. Pensaba que fueran mis únicos protectores y que me hubieran dado auxilio en cualquier momento de mi vida; tenía una completa fe en ellos porque no sabía que un día habrían muerto y que, en realidad, es Dios el único protector. En una ocasión asistí a la muerte de los padres de un joven y un pensamiento se insinuó en mi mente: «Sus padres han muerto, significa que un día también mis padres morirán, por esto ¿cómo puedo esperar ser protegido? Morirán antes de mí». Si bien mis verdaderos padres ya habían muerto, al inicio este pensamiento no me perturbó porque no había tomado conciencia de lo ocurrido. Pero cuando vi morir los padres de algún otro, pensé: «Mis padres, los padres que me están haciendo crecer, son también irreales porque morirán y no puedo contar con ellos como verdaderos protectores».
En aquel tiempo jugaba con otros niños y no sé de dónde me llegó la idea de hacer una cosa especial que pudiera transformar mi vida; la recuerdo como un sueño. Mientras jugaba con otros niños inicié a hacer montones de arena similares a casuchas. Hice diez o doce, cada una representaba un hermano, una hermana o un pariente, un montón por cada familiar. Después de haber construido estas casuchas, puse a cada una la pregunta: «¿Me ayudarás? ¿Me protegerás en el momento de la muerte?» Después esperaba la respuesta desde adentro: «No, ¿cómo podemos decirte que te protegeremos cuando somos involucrados en los nacimientos y muertes? ¿No sabemos ni siquiera cómo protegernos a nosotros mismos?» Quedaba desilusionado y cuando no obtenía una respuesta positiva, demolía aquella casucha. Puse esta pregunta para cada hermano, hermana, para todas las relaciones mundanas y seguí a demoler las casuchas, una a una, con estas palabras: «Esta es mi hermana y morirá; esta es mi otra hermana, también ella morirá; este es mi padre, mi madre, todos morirán».
En aquel modo destruí uno a uno todos los montones de arena menos uno que pensaba representaba aquel Poder Escondido que mi alma buscaba.
No había visto ese Poder, pero sabía que había un Poder en el mundo que me habría protegido. Cuando pregunté a ese montón, obtuve una respuesta interior: «Sí, yo soy aquel que te protegerá. Vendré seguramente a ayudarte en aquel momento». Pensé que era Dios Omnipotente y me incliné: «Él es mi único Protector».
De costumbre los padres no prestan atención a lo que hacen los hijos, pero si le observaran, podrían notar algo de diverso y, curiosamente, preguntar qué intentan hacer. Mi padre me miraba fijamente y me dijo: «¿Qué cosa estás haciendo?» Preguntó: «¿Por qué has hecho todos esos montones de arena y después los has demolido excepto uno? ¿Qué cosa estás haciendo de frente a aquel que ha quedado intacto?» Respondí: «Te consideraba mi protector, pero cuando vi morir los padres de aquel joven, entendí que tú también morirás y en ese modo he querido demostrar que no puedo confiar en ti. He pensado profundamente en los hermanos, las hermanas, y en todos los parientes, a la comunidad y a las personas del mundo, y también ellos morirán un día, propio como tú. Todas estas casuchas representan cada uno de mis hermanos y hermanas, todas las relaciones mundanas». Dije a mi padre que no había obtenido ninguna respuesta positiva y por esto las había demolido. «Permanece intacta la que representa a Dios Omnipotente porque sé (no lo he visto), y tuve una respuesta internamente, que es el único que me ayudará. Sabes que Dios no morirá nunca, es mi protector y me salvará de la muerte».
Al escuchar todo esto, mi padre quedó estupefacto porque no se había dado cuenta de mi elevación y de la profundidad de mi pensamiento. Se enojó y dijo: «Nosotros nos hacemos cargo de ti, te nutrimos muy bien y te damos cualquier tipo de comodidad y ¿a parte dices que no te protegemos?» Pensaba desde su nivel, pensaba según su mente limitada y no sabía cómo responderme. Se entristeció mucho y dijo: «Querido hijo, eres demasiado joven para pensar en estas cosas. Mira, te construí esta casa espléndida y he acumulado estos bienes. No te preocupes; te daré todo lo que necesites. Prepararé hasta tu matrimonio y tendrás una bella esposa».
Escupí en el piso y dije: «Padre, te estoy pidiendo del mundo interior. ¿Serás capaz de venir conmigo internamente? ¿Podrás ayudarme cuando nadie en el mundo podrá hacerlo? Todas estas propiedades mundanas, todas estas posesiones mundanas no son otra cosa que una escupida para mí, no tienen ningún valor». Le pregunté: «Padre dime, ¿aquella mujer no morirá o vivirá para siempre? ¿Podrá salvarme de la muerte?» Dijo: «No, también ella morirá. ¿Cómo podrá salvarte de la muerte?» «Entonces le respondí: No quiero casarme y ahora sé que solo Dios podrá salvarme de la muerte». A mi padre le pesó muchísimo, pero aquello que le dije era la verdad.
Cuando tienen pensamientos así, cuando llamen a Dios Omnipotente y abandonen cualquier tipo de apoyo para confiar solo en el Suyo, entonces Él no puede resistir y viene en nuestra ayuda.
Como dice Kabir Sahib: «Cuando miré a mi alrededor, descubrí que nadie me habría sostenido. Ningún familiar, ninguna relación, ningún poder, ninguna riqueza, ninguna propiedad del mundo me habría ayudado al momento de la muerte. Cuando miré a mi alrededor y descubrí que solo el Maestro es el único que me habría ayudado en este mundo de sufrimientos, abrí los brazos y le imploré. También Él no pudo resistir y me arrastró por las manos elevándome». Desde ese día no he tenido ningún apego por los posesos mundanos, por la riqueza y las propiedades: en aquel tiempo vinieron la renuncia y el anhelo por Dios Omnipotente.
Cuando tenemos dentro pensamientos así, entendemos que en el mundo nadie puede ayudarnos. Nos damos cuenta que tenemos solo el apoyo de Dios Omnipotente. En el momento que nos entregamos a Él, entonces Él nos escoge y nos inspira a ir donde aquel que nos enseñe a practicar su devoción.
Oh Escritor del Destino,
Por tu gracia inscribe en mi corazón el amor al Maestro.
En mis manos inscribe al Guru.
Escribe el sacrificio de mi cuerpo y mente por amor al Guru.
Sobre mi lengua, inscribe el nombre del Guru.
Para mis oídos inscribe la voz de la Corriente Audible.
Sobre mi frente inscribe la luz del Guru.
Sobre mis ojos inscribe el Darshan de mi Guru.
No escribas una cosa: separación del Guru,
Aunque esté escrita la separación del mundo entero.
— Liken valia tu Joke
Mi madre me repetía que un poder escondido escribía los hechos o el destino de la persona sobre la frente; la persona disfruta y sufre de aquel destino según lo que está escrito. Desde mi niñez fui inspirado a escribir bhajanes, poesías espirituales y compuse numerosos cantos en el anhelo, en el recuerdo de Dios Omnipotente. Mucho tiempo atrás antes de encontrar al Maestro, hice un borrador de este bhajan particular y desde ese momento lo he cantado a Dios Omnipotente, que está presente en todas partes. Aunque no lo había visto, en mi corazón sentía que había perdido cualquier cosa que mi alma estaba buscando. Solía considerar el hecho de cuánto eran afortunadas aquellas almas que habían tenido el privilegio de encontrar el Maestro viviente en sus vidas. Es por eso que escribí: «Oh Escritor del Destino, en mi corazón inscribe amor por el Maestro».
Esta fue mi primera oración: «Sobre mis manos inscribe misericordiosamente el servicio al Maestro. Inscribe el sacrificio de mi cuerpo y mente por el Guru». Desde que era niño tenía la costumbre de cerrar los ojos y sentarme en el piso sobre una esterilla. Cuando empecé así e inicié a dormir por el piso, mi padre se preocupó muchísimo por mí, llamó un pandit y con una pluma de oro me escribió Om en la lengua. Mi padre dice: «Hice esto por ti y ahora ¿tú no hablas conmigo?» Es por esto que en el bhajan subrayé que no quiero el Om escrito en mi lengua, quiero el nombre de mi Maestro.
Tuve experiencias de la Corriente del Sonido interna y de la luz interior desde mis primeros años. Por esto escribí: «Oh Señor, escribe el sonido de Dios Omnipotente para mis oídos y escribe la luz del Maestro sobre mi frente». Aunque si las almas santas logran oír la Corriente Audible en la infancia y ver la luz, sin embargo aquella luz y aquel Sonido no pueden guiarle más allá. Hasta que no encuentra un Maestro perfecto y hasta que no mediten con la guía y las instrucciones de un Maestro perfecto, aquella luz y aquel Sonido no podrán elevar el alma. Por eso escribí: «Para mis ojos inscribe el Darshan de mi Guru».
En aquel tiempo también pensaba: «¿Cómo viven las personas que tienen un Maestro cuando estos dejan el cuerpo?» Al final del Bhajan pedí al Escritor de Suerte: «Escribe también lo que desees en mi suerte, pero no escribas en mi frente, en mi destino la separación del Maestro, no importa si tengo que abandonar el mundo».
Mi madre tenía un hermano-discípulo que había sido iniciado en las primeras Dos Palabras. Yo era muy joven y no conocía nada acerca de las Palabras. Ni siquiera sabía que él era iniciado, sin embargo me había dado cuenta que practicaba a su manera la devoción. Mi madre le daba siempre comidas exquisitas, un cómodo hospedaje y todo aquello que le servía desde que se hizo muy devoto. Ella amaba las personas que se dedicaban a la devoción.
Vivía en nuestra casa y cada noche permanecía despierto para meditar. De vez en cuando nos levantábamos, mirábamos en su cuarto y lo encontrábamos despierto, intentando hacer sus prácticas. Durante la meditación lo escuchábamos susurrar muchas cosas; a veces decía: «¿Sí, usted ha venido ahora? ¿Ustedes han venido todos juntos? De acuerdo, siéntense». Era un zapatero y traía con él sus utensilios de trabajo. A veces decía: «¿De acuerdo, ahora han venido a atormentarme? Los mataré con este aguijón, con esta arma, les romperé los dientes» y cosas así. Murmuraba cosas que nos daba la impresión que muchos habían venido a buscarlo sin su aprobación; él buscaba la forma de alejarlos, pero nosotros no sabíamos qué cosa estaba sucediendo. Estábamos sorprendidos de escuchar toda aquella confusión porque dormía solo y ninguno entraba en su cuarto, por lo tanto no podíamos imaginar a qué cosa se estaba refiriendo. A veces pensábamos que estaba loco. No teníamos idea de con quién estaba hablando o qué cosas quería decir con aquellas palabras.
En las mañanas cuando le llevaba el té, siendo yo muy joven en aquel tiempo, jugábamos y yo me montaba en su espalda. Bromeábamos y me divertía: «Bien tío, ¿debería sacarte los dientes? ¿Nos matarás? ¿Nos pegarás? Estoy aquí». Me burlaba de él sin saber qué cosa era lo que hacía. Entonces él me respondió: «Hijo, ahora me tomas el pelo, pero cuando serás grande, conocerás todas estas cosas. Si tienes buena suerte serás empeñado en la devoción, sabrás de qué cosas estoy hablando. Si tendrás las mismas instrucciones para la meditación como en mi caso, ahora te pregunto: ¿cómo lucharás en la meditación? Es posible que tú debas utilizar un aguijón más grande para luchar contra la mente».
En aquel tiempo no sabía a qué cosa se estaba refiriendo, pero cuando me hice un poco más grande y empecé a practicar la devoción, me di cuenta que no había ningún espíritu que venía a fastidiar a mi tío, no había nada que lo atormentara a excepción de los pensamientos. Cada vez que se le presentaba un pensamiento, decía: «De acuerdo, ya llegaste y te mataré» o también cada vez que llegaban oleadas de pensamientos, declaraba: «De acuerdo, ahora ¿ya llegaron todos? ¡Les daré una sistemada!» Reaccionaba a los pensamientos y con el fin de removerlos, se quedaba despierto toda la noche siguiendo las prácticas. Cuando uno inicia a practicar la devoción, entonces se debe interactuar con los pensamientos, que son muy potentes. En el momento que llegan y atacan al devoto, estos deben ocuparse de ellos. No me di cuenta hasta que de persona inicié a practicar la devoción.
De niño, junto con otros chicos del pueblo, hacíamos seva en el gurdwara del pueblo con el sagrado libro de los sikh, el Guru Granth Sahib, en el cual nos habían dicho de creer como si fuera el Maestro, como si fuera Dios. Por lo tanto lo cuidábamos muy bien; en invierno lo cubríamos incluso con una cubierta gruesa para que no sintiera frío, porque pensábamos que teníamos que cuidarlo como si fuera uno de nosotros.
Una vez un sikh entró en el gurdwara para pasar la noche. Hacía mucho frío y pidió unas cubiertas. Desafortunadamente no había ninguna a excepción del edredón que usábamos para el Guru Granth Sahib, por eso le dijimos que no teníamos ninguna. Si quería acostarse sin cubiertas, podía hacerlo; de otro modo sería mejor que se fuera. Cuando se acostó y notó la cubierta sobre el libro sagrado, nos dice: «¿Por qué no me dan aquel edredón?» Nos sorprendimos y le dijimos que era para el Guru Granth Sahib, para el Maestro. Respondió: «Para aquel libro, aquel Guru Granth Sahib no siente frío, ¿por qué no me la dan a mí?» En lugar de entender su punto de vista, lo echamos afuera, le pedimos de salir y cuando estábamos por botarlo afuera, él exclamó: «Díganme una cosa: en invierno dan al Guru Granth Sahib un edredón, ¿entonces qué cosa harán cuando en verano hará calor? ¿Lo llevarán en el baño y le darán una ducha?» No sabíamos cómo responderle.
En aquel tiempo consideraba el libro sagrado como Dios, el Maestro. No me daba cuenta que no servía de nada venerar las escrituras sin moldear nuestras vidas en base a lo que en ellas está escrito. En el Guru Granth Sahib están incluidos los escritos de Guru Nanak, el primer Guru de los sikh. Antes de su llegada en India la gente veneraba los cuatro Vedas. Ellos se angustiaban constantemente por convencer a la gente que no servía simplemente venerar los Vedas, quemar inciensos de frente a esos y practicar rituales y ceremonias. Los Vedas van leídos y entendidos, la gente debería vivir según las palabras de esos contenidos. Guru Nanak fue generoso al liberar a las personas de la ilusión, pero al final sus mismas enseñanzas fueron veneradas en el modo que él contrastaba y contra el cual predicó.
Había un sadhu de la secta udasi que vivía en el gurdwara en nuestro pueblo. Muchos lo detestaban, particularmente mi padre, porque tomaba vino y fumaba tabaco. En vez, yo lo estimaba porque pensaba: «Este hombre ha abandonado su casa y todo lo demás, lleva vestiduras coloradas y está sentado allí en el recuerdo de Dios». Pensaba que él había realizado a Dios. Por esto lo respetaba; a pesar de que no fuera aceptado por los demás, yo pensaba que era un buen mahatma y pasaba tiempo con él. De vez en cuando tenía la oportunidad de tomar un poco de dinero de casa, y lo llevaba al baba, el cual lo utilizaba para comprar intoxicantes. Mi padre era muy severo y no podía pedirle dinero, al contrario de mi madre que era muy afectuosa y de vez en cuando le pedía a ella, me los daba siempre. Yo pensaba que el baba me habría ayudado en la búsqueda de Dios.
No obstante bebía vino, fumaba cigarrillos y hacía todas aquellas cosas negativas, yo no estaba consciente porque en aquel tiempo era solo un niño de nueve años. Mi padre lo conocía y decía que no me permitiría continuar a frecuentarlo, incluso aquel sadhu no sabía nada de su petición. Buscó la forma de explicarme que no tenía que continuar a visitarlo, pero no lo escuchaba porque pensaba que era un buen sadhu. Por lo mucho que mi padre me regañaba, tenía mucha confianza que un día aquel baba me habría enseñado alguna cosa respecto a Dios y no temía los regaños de mis padres.
Al final mis padres idearon un plan para intimidarme e impedirme continuar a ir donde aquel sadhu. Una noche había ido a visitarlo; él estaba sentado en la cama y yo estaba sentado con las piernas cruzadas en el piso. En ese momento estaba fumando un cigarrillo y al mismo tiempo tomaba el tabaco para aspirarlo (tenía también aquel vicio). Estaba allí sentado cuando al improviso mi padre llegó detrás de mí y me golpeó con gran fuerza en el cuello con el pie. Empezó a pegarme de frente a todos los habitantes del pueblo. Empecé a llorar y escapé porque tenía miedo que continuara a golpearme. Siendo de noche, era todo muy tranquilo en el pueblo; me perseguía haciendo un gran bullicio pero no pudo golpearme como hubiera querido. Al final llegué donde mi madre y le pedí de salvarme de aquella golpiza. Pero ella dijo: «No, hoy no puedo hacer nada».
Si bien mi padre me había dado una buena lección, no estaba enfadado con él por los regaños y los golpes. ¡En aquel tiempo era muy feliz que por lo menos había sido golpeado a causa del amor por Dios! Mi madre me aconsejó de pedirle disculpas a mi padre, segura por su perdón, pero yo respondí: «No, no pediré perdón». También los demás que estaban presentes dijeron: «Avergüénzate por no pedir disculpas a tu padre porque has cometido un error». Repliqué: «No, no cometí ningún error y no tengo vergüenza por ir a ver al sadhu porque pienso que sea una cosa positiva». En cualquier caso, continué a rogarle a mi madre y al final me salvó de las golpizas.
Aunque no pedí disculpas a mi padre, sin embargo aquella experiencia tuvo un fuerte impacto para mí a tal punto que dejé de ir a ver al sadhu. Mi padre me había dicho: «¿Por qué vas allí? ¿Quieres aprender a fumar y hacer las otras cosas que hace él?» Hasta que no tuve aquella golpiza, no me daba cuenta, pero después entendí y dejé de ir al sadhu. En aquel tiempo no entendía por qué era así de importante para mi padre darme ese tipo de castigo, pero enseguida el resultado fue claro. Me di cuenta qué cosa hubiera sucedido en mi vida si hubiera continuado a ir a aquel sadhu, si hubiera comenzado a fumar y hacer otras cosas que él hacía por lo cual hubiera arruinado mi vida.
Enseguida dejé de ir a ver aquel sadhu. Más adelante, después de las golpizas y recordando aquellas experiencias, no fui nunca más a ninguno que fumara o hiciera cosas similares. Estuve en numerosas comunidades y religiones, donde encontré personas que eran adictas al tabaco, vino, drogas, etc. De todos modos, por el efecto positivo de mis padres no bebí nunca vino, nunca he fumado y no fui nunca atraído por cosas negativas en las cuales las personas están involucradas. Sin embargo estuve con esas personas y las vi adictas a todas aquellas cosas, no obtuve los efectos negativos. Siempre fui fuerte gracias a las influencias de mis padres.
La verdadera gentileza se manifiesta dentro de nosotros solo si somos afortunados. Desde mi niñez el elemento de la gentileza y del perdón han estado dentro de mí y creo que se trata de un don de Dios.
Una vez, cuando era joven, transitaban en mi pueblo un hombre y su esposa directos a su pueblo. Durante el camino conducían una búfala que dio a luz un becerrito. No tenían ninguno que los ayudara en el parto y querían llevarse a casa el becerrito. Yo estaba allí y me pidieron de encontrar alguien que pudiera ayudarlos a llevarse el becerrito al pueblo, que quedaba a dos kilómetros y medio. Respondí: «No encontrarán ninguno mejor que yo disponible para ayudarles». No me conocían. No sabían de quién era hijo y no se interesaron ni menos de dónde provenía mi familia. Me permitieron llevar el becerrito que era pesado y sucio. A mí no me importó y lo llevé a su casa. Cuando me ofrecieron dinero, dije: «No, no aceptaré algún dinero porque no fue el motivo por el cual lo hice. Fui mandado por Dios para ayudarlos».
Mi padre era muy rico y bien conocido en la zona. Cuando se enteraron que yo era el hijo de Lal Singh, se asustaron mucho y vinieron con otras personas a pedir disculpas a mi padre. Dijeron: «No sabíamos que se trataba de tu hijo, de lo contrario no le hubiéramos permitido hacer ese trabajo». No dijo nada y continuaron a pedir disculpas hasta que exclamé: «No hay necesidad de preocuparse. No hice aquel trabajo por dinero o para obtener beneficios. Lo hice solo porque tuve piedad y misericordia del becerrito».
En la época de mi infancia el problema de la casta y de los intocables era muy escuchado en India. Las personas que pertenecían a las castas superiores no les agradaba ni menos mirar aquellas de baja casta o los intocables. Tocar a los demás… ¡se habrían enfurecido si solo una gota de agua del cuerpo de un intocable hubiera tocado sus cuerpos! Si acaso hubiera sucedido una cosa así, hubieran tomado el agua del sagrado río Ganges y, derramándola en el cuerpo, se hubieran purificado. En los lugares donde la gente iba a recoger el agua, habían tuberías separadas para las diferentes castas: una para los musulmanes, una para los intocables y una para los hindúes y los sikh (de hecho nuestra comunidad, los sikh, eran considerados de alta casta como los hindúes). Las personas de las castas más altas no les gustaba tocar el agua usada por las castas inferiores, aunque si se trataba siempre de la misma agua.
Había un musulmán que trabajaba como nuestro empleado, su nombre era Mohamadi. Una vez después de haber terminado su trabajo en el campo, tapó la jarra y nos dijo de no beberla, mucho menos de tocarla. Yo era curioso por descubrir el motivo ya que en el pueblo había notado que había un solo pozo donde todos extraían el agua. También a los bueyes daban de beber el agua del pozo utilizando un solo contenedor. El agua subía del mismo contenedor y después venía dividida en varias partes. Una parte era para los hindúes y los sikh, una parte para los musulmanes, que eran de baja casta en nuestro pueblo. De niño tenía curiosidad de saber por qué hacían así y por qué la dividían. ¿Cómo era que decían que esta agua era para los hindúes, aquella para los musulmanes cuando esta era la misma al salir del mismo contenedor? ¿Cómo podía ser diferente? De vez en cuando preguntaba a los padres de otros y a otros adultos; no tenían respuestas concretas; no eran capaces de darme una respuesta satisfactoria.
Por esto cuando Mohamadi nos dice que debíamos beber aquella agua, era curioso y le pregunté: «¿Cuál es la diferencia? ¿Esta agua es más pesada que aquella de los sikh y de los hindúes, o me atragantaré? ¿Cuál es la diferencia entre tu agua y la nuestra?» Respondió: «Ustedes son sikh y yo soy musulmán; los sikh no beben el agua tocada por un musulmán». En aquellos días en India el problema de la intocabilidad, la convicción en las castas estaba a la cumbre y la mayor parte de las personas de alta casta creía en este tipo de cosas. Después que él se marchó, pensé: «Probemos a beber el agua de su jarra y veamos qué gusto tiene. Veamos si es más pesada, si me atraganto o si me produce algún dolor». La bebí y no encontré ninguna diferencia.
Cuando Mohamadi supo que había bebido el agua de su jarra, se enojó y tuvo miedo. Fue a ver a mi padre y le dijo: «Tu hijo ha bebido de mi jarra y ahora deberías hacer algo para purificarlo. Haz lo que quieras, ha bebido agua de mi recipiente». Cuando regresé a casa, mi padre se enojó e hizo llamar un pandit para purificarme. Dijo al pandit que había sido contaminado bebiendo agua de los musulmanes y que a ese punto debía hacer algo para purificarme. En aquellos días la gente traía el agua del río Ganges a la ciudad de Hardwar para luego utilizarla en casos especiales como el de purificar a las personas. Nosotros también en casa teníamos un agua similar del río Ganges. El pandit dijo: «Diré la repetición de algún mantra y le daré agua pura del Ganges, de este modo será purificado». Así que hizo algunas repeticiones de aquel mantra y luego me hizo beber el agua del río Ganges diciendo que había sido purificado. Por hacer todo esto el pandit obtuvo mucho de mi padre; le dio una vaca, varios vestidos, cereales y una gran suma de dinero… solo por haberme purificado.
En aquel tiempo mi padre dijo: «¡Vez cuánto dinero tuve que gastar para purificarte solo porque has cometido aquel error! ¡No lo vuelvas a hacer nunca más!» Pregunté a mi padre con amor: «Padre, dime cuál es el motivo por el cual has hecho todo esto? No he encontrado ninguna diferencia entre el agua de los musulmanes y aquella que usamos nosotros; ¿cómo pude contaminarme? Además, también el agua que tú apenas me has dado, aquella del río Ganges, no es diferente a la del contenedor de Mohamadi». No logró responderme y después reflexionó diciendo que este tipo de cosas suceden solo a causa de la escasez mental. La gente creía en las castas altas y bajas solo por hipocresía dado que todos nacen del mismo modo y todos viven sobre la misma tierra: ¿cómo es posible que una persona sea más elevada que otra? La gente cree en estas cosas o considera que una persona sea intocable o quizás de baja casta solo a causa de la escasez mental.
En otra ocasión estaba viajando en tren con mi madre; en aquellos días cuando el tren llegaba a una estación, vendían el agua a los viajeros. Los vendedores gritaban: «¡Agua para los hindúes! ¡Agua para los musulmanes!» y daban una cierta agua para los hindúes y una diferente para los musulmanes. Llegamos a una estación y los vendedores incitaban a comprar el agua. Llamé a una persona que estaba dando el agua para los musulmanes y estaba por tomarla, pero mi madre se dio cuenta y corrió y se enojó: «No, llévese esta agua porque mi hijo es hindú»; para mí no tenía ninguna diferencia.
Aunque si no tomé aquella agua, ella tenía todavía algunas dudas porque solo la intención de hacerlo demostraba que me estaba haciendo un poco impuro. Lo dijo a mi padre, el cual se enojó enseguida y fue otra vez a ver al pandit. En aquellos días no habían los automóviles 4×4 o buenos medios de transporte, por lo tanto mi padre cargó al pandit en su espalda. Cuando llegó a nuestra casa, sirvieron al pandit del kheer (arroz con leche), una comida muy deliciosa. Después que fueron hechos todos los rituales y las ceremonias para purificarme, mi padre olvidó de darle dinero al pandit, el cual se enfureció y vomitó el kheer. Entonces mi padre pensó que había algo que no andaba bien en lo que había hecho para purificarme: quizás mi madre no se había lavado las manos antes de cocinar el kheer o quizás los participantes no tuvieron pensamientos puros. Dijo a mi madre de ir a darse un baño y después de preparar otra vez el kheer. Después que el kheer fue cocinado, mi padre dijo que nosotros también deberíamos lavarnos las manos. Nos lavamos con el agua fría y se nos ordenó de sentarnos de frente al pandit con las manos juntas mientras él comía el kheer. Todos repetimos el canto Wahe Guru de las escrituras sikh y pedimos a Dios que esta vez el kheer permaneciera en el estómago del pandit. Después que el pandit comió el kheer, mi padre pensó: «Me he olvidado de darle el dinero la primera vez, por esto debo darle más de aquello que pensaba darle antes». Le dio cinco rupias, al posto de una y un cuarto, y el pandit quedó muy contento: y el kheer permaneció en su estómago.
Desde el principio no he tenido pensamiento acerca de la intocabilidad y no discriminé nunca las personas de baja y de alta casta. Por este motivo a menudo tuve problemas con mis familiares.
Mi padre era muy goloso por las comidas suculentas. Como las personas pertenecientes a las familias reales están acostumbradas a muchas variedades de alimentos. De la misma forma él comía todos los días diferentes tipos de verduras, vegetales y otros alimentos; y en la mesa habían siempre numerosos platos. Desde siempre ha sido vegetariano y nunca comió carne ni bebió vino.
En India en aquel tiempo no habían restricciones para el matrimonio y un hombre podía tener las esposas que quisiera. Mi padre se casó cuatro veces y todas las cuatro esposas estaban vivas; se casó la última vez cuando era muy anciano solo porque aquella mujer era una excelente cocinera y lo hizo solo por golosidad.
Él buscó la forma de contagiarme aquella costumbre con todos sus trucos. En cada caso, desde que era muy niño no prestaba atención a los alimentos que comía. No me gustó nunca llenarme el estómago y nunca tuve problemas con el estómago. Siempre comía lo que había y no me preocupaba de la comida, porque siempre estuve muy atento, y siempre pensé en el trabajo principal por el cual había sido mandado en este mundo.
Una vez cuando tenía ocho años, mi madre preparaba el halvah, un dulce hindú muy delicioso; preparó diferentes tipos, pero yo no estaba muy interesado por aquellos dulces por lo tanto no los comí. Mi abuela, que era muy anciana, se dio cuenta y se enojó; me persiguió por toda la casa con el bastón diciendo: «¿Por qué no comes el halvah? Deberías comerlo». Me amenazó diciendo que si no lo hubiera comido me habría pegado con el bastón, pero respondí: «No, no quiero comerlo». Cuando insistió otra vez, le dije con amor: «Considera mi paciencia, aquí hay tres tipos de halvah y no deseo comer alguno. Los demás, solo al ver un tipo de halvah, se les hace agua la boca; considera solo mi paciencia». Escuchando esto, entendió y se alegró mostrándome mucho amor.
Si hubiera preferido el gusto del paladar, no hubiera sido posible llegar al sendero de la realización de Dios.
Una vez a Muktsar, en Punjab, los sikh estaban construyendo un embalse cerca al gurdwara de la zona. Muchos sikh vinieron desde diferentes partes del país para ayudar en aquel proyecto y hacer seva; mis padres fueron unos de ellos. En aquel tiempo era muy joven y no tenía ninguna idea del valor del hacer seva o de por qué debía hacerlo. Sin embargo, observando a mis padres que lo hacían, yo también fui atraído. No tenía ningún conocimiento del sendero espiritual o de Dios. Guardaba el deseo de hacer seva porque mis padres lo hacían y era animado gracias al ejemplo que me daban. Tomaba comida de casa y la llevaba al langar, la cocina gratuita. Llevaba el té y azúcar, y a parte donaba al langar todo el dinero que lograba juntar.
En India la gente va a los campos y los usa como letrinas; no tienen servicios o baños. En aquel lugar vi que después de ir a los campos, muchas moscas venían atraídas en aquella zona y después aquellas mismas moscas volaban sobre la comida del langar. Por todo el día iba y cubría los desechos con arena para impedir a las moscas de posarse en ellos. Ninguno me dijo de hacerlo, porque a nadie le gustaba aquel trabajo, siendo un tipo de seva muy humilde. Ninguno me dijo de hacerlo, pero el deseo viene en lo interno dado que en aquel tiempo quería hacer cualquier tipo de seva. Pensaba: «Esta es una buena oportunidad, podría ser útil en este modo» y así lo hice.
Cuando tenía más o menos unos diez años se presentaron en mi cuerpo varias ampollas y heridas. Eran en todo el cuerpo: no tenía ni siquiera una parte donde no hubiera alguna. Eran talmente virulentas que salía el pus y cada vez que me ponía mis ropas se pegaban a las heridas. Para mí era insoportable y a pesar de que esto me sucedió en la infancia, recuerdo todavía aquellos tristes momentos. Fue muy doloroso y hasta mi padre lloraba al ver mi condición porque era su hijo. A ninguno le gustaba por aquellas llagas: ninguno quería que me le acercara. Mis padres y familiares me amaban solo porque era su hijo.
En aquellos tiempos en India la gente no creía mucho en las curas médicas. Pensaba que las calamidades habrían desaparecido cuando me hubieran llevado en peregrinaje para hacerme un lavado en las aguas sagradas, así me llevaron a todos los santos y en todos los santos lugares, pero no me liberé de las llagas. Fue muy bueno para mí haber ido a todos los lugares de peregrinaje, pero cuando vi que no era agradable para las personas, que no querían acercarse a mí, se hizo insoportable.
Después de aquel fracaso mi padre me llevó a un mahatma llamado Baba Bishan Das. Era la primera vez que lo encontraba y mi padre, llorando de frente a él, decía: «Dios, me has dado solo este hijo y no sé cuántos karmas negativos haya cometido en la vida pasada para tener estas ampollas, heridas y sufrir así tanto. No soporto verlo sufrir. ¡Oh Dios, lo reprendes o debería ser curado!» Baba Bishan Das sonrió y dijo: «Dios no reprende nunca a nadie: cada uno debe pagar a causa de sus propios karmas o también puede pagarlos alguno que se hace responsable. En caso contrario esta persona deberá sufrir». A ese punto Baba Bishan Das preguntó a mi padre: «¿Estás listo para pagar por los karmas de este joven?» Mi padre no pudo decir nada porque ustedes saben que es difícil estar dispuestos a sufrir por algún otro. Podemos decir: «Estoy listo para sufrir». Los padres aman tanto a los hijos, pero cuando viene puesta esta pregunta: «¿Están listos para sufrir por sus hijos?», ninguno será capaz de afirmarlo, ¿por qué quién quiere sufrir por los demás? Mi padre negó y Baba Bishan Das dijo: «Está bien, lo llevaré a un lugar de peregrinaje en Punjab y estará bien, pero tendré que tatuarle unos signos en el cuerpo: esta es la voluntad de Dios, su cuerpo deberá tener unos signos».
Baba Bishan Das me llevó a un lugar sagrado llamado Taktupara, donde el Guru Nanak Sahib había meditado por algún tiempo, sentado debajo de la tierra. Baba Bishan Das me dice: «La naturaleza quiere unos signos sobre tu cuerpo. Tu cuerpo no debería ser inmaculado, deberás tener tres manchas o tres signos y te liberarás de las heridas». Este tatuaje en la mano y otros dos más me fueron hechos en aquel tiempo cuando Baba Bishan Das me llevó a ese lugar de peregrinaje; él quería tatuarme un signo en la frente, pero mi padre lloró y le suplicó de no hacérmelo porque estaba demasiado mal. Mi padre pidió a Baba Bishan Das de hacerme aquellos tatuajes en modo tal que no fueran tan visibles.
La persona responsable de hacer los tatuajes no estaba muy contenta porque tenía muchas heridas y tenía mucho miedo de usar la máquina de tatuar; habría sido doloroso para mí. Baba Bishan Das dice de no preocuparse porque me habría mejorado después de haber realizado aquellos tres signos. Deben saber que los Santos tienen su propio modo de tratar las cosas. Y su gracia al tratar las enfermedades, sin embargo deben hacer ciertas cosas al nivel exterior. Así que tatuaron aquellos signos en mi cuerpo. Cuando me marché, caminé una hora hasta el pueblo a seis kilómetros de distancia sin usar alguna medicina, sin ningún tipo de cura; todas las ampollas y las heridas desaparecieron. Mi cuerpo se limpió y quedó como antes; la gente puede decir que sucedió porque fui llevado en un lugar de peregrinaje, pero no es verdad. Fue solo por la gracia de Baba Bishan Das que este cuerpo ahora está sentado de frente de ustedes sin ninguna mancha o señal. Baba Bishan Das fue muy misericordioso y no sé cuántos karmas habrá tenido, cuántos karmas negativos haya acabado y cuánto Baba Bishan Das habrá debido padecer para remover las ampollas de mi cuerpo. Es posible que habrían seguido muchas otras complicaciones, pero misericordiosamente Baba Bishan Das removió todo problema; se tomó todas las complicaciones sobre sí y los sufrimientos en su propio cuerpo.
Esta es la gracia del Maestro. Cuando le pedimos al Maestro de curarnos, de hacernos estar bien, entonces no somos dispuestos a pagar por los karmas que estamos sufriendo. En un cierto sentido pedimos al Maestro de asumirse en su propio cuerpo, cosa que él hace con amor, y es por esto que sufre por nosotros. El cuerpo sufre cuando nosotros no meditamos, porque cuando meditamos, obtenemos la fuerza interior para soportar aquellos karmas, pero cuando no somos bastante fuertes para tolerarlos, entonces alguno debe hacerlo, ¿y quién otro puede sufrir por nuestro karma si no que el Maestro?
Mis padres me habían dado el nombre «Sadara Singh» y aquel día en el cual fui curado de las ampollas Baba Bishan Das me dio el nombre Ajaib Singh. Dice: «El nombre Sadara Singh no tiene ningún significado; es un nombre superfluo. “Ajaib” significa maravilloso y “Singh” significa león. Hoy te has convertido en un maravilloso Singh: te has hecho bello». Es por eso que ese día me dieron el nombre Ajaib Singh.
En casa teníamos un perro tirano; tenía un cuerpo macizo y siempre asustaba a los niños. No se sentaba nunca en el piso; buscaba siempre el modo para llegar a una cama confortable. Se sentaba allí y nos miraba enfurecido; de vez en cuando intentábamos entender al respecto. No comía alimentos de mala calidad, quería siempre alimentos deliciosos. No comía nunca chapatis secos, solo aquellos con la ghee (mantequilla clarificada). Atormentaba a todos. Y además un día a la semana, el martes, era su día de ayuno. Ninguno le decía que era martes ni lo leía en el periódico, pero sabía interiormente que ese día era martes y en ese día tomaba la comida y la dejaba afuera sin comerla.
Mis padres tenían mucha fe en Baba Bishan Das. Una vez vino a nuestra casa y mi padre le preguntó: «¿Cuál es el motivo por el cual este perro es así de tirano y se comporta de este modo? Para todos nosotros es como un perro comandante». Los Mahatma son omniscientes y conocen cada cosa del alma, pasado y futuro. La miran en profundidad y es por eso que saben cualquier cosa. Por lo tanto mi padre había preguntado a Baba Bishan Das a propósito del perro; él sonrió y preguntó a mi padre: «Lal Singh, ¿no reconoces este perro?» Mi padre respondió: «¿Cómo puedo reconocerlo? Es un animal y yo soy un ser humano». Entonces Baba Bishan Das dice misericordiosamente a mi padre: «Es tu padre, en virtud de su apego por ti, ha regresado a tu casa. Siendo más viejo que tú y siendo tu padre, todavía tiene las mismas costumbres de dar órdenes, por esto es así».
Entonces mi padre se dio cuenta que de verdad aquel perro era su padre porque también él ayunaba los martes. Tenía las mismas costumbres que mi abuelo. Cuando supo esto, lo respetó siempre aquel perro y se tomó muy bien la responsabilidad de servirlo mucho. Cuando el perro murió, fue incinerado con todos los honores, igualmente como fuera hecho con su padre físico. Mi padre incluso pidió a Baba Bishan Das de dar un puesto a aquel perro a sus pies.
Una vez una persona fue a ver a Guru Arjan Dev y le preguntó: «Maestro, este mundo qué cosa es y cómo hacen las familias a reunirse, cómo se forman las relaciones y cómo deberíamos vivir en el mundo?» Guru Arjan Dev le explicó con amor que este mundo no se ha creado por su propia cuenta. Un Poder lo ha creado y cada cosa está predestinada; cada cosa sucede al momento apropiado. Dijo: «Como en la tarde los pajarillos desde direcciones diferentes llegan a un árbol y allí pasan toda la noche, unos se acopian, otros pelean, comen o hacen otras cosas. Pero en la mañana siguiente todos vuelan en diferentes direcciones. Ninguno espera a ninguno». Con amor dice que similarmente alguno viene como padre, alguno viene como madre, alguno nace como hijo y así van. Según nuestros karmas recíprocos nos amamos o nos odiamos. Sin embargo cuando el tiempo se acaba, cuando llega el momento de dejar aquella familia, de dejar el mundo, entonces ninguno consulta a otra persona a la propia partida. Ninguno nos puede decir de dónde ha venido y a dónde va.
Los Maestros nos dicen que un alma nace en el lugar donde tenía relaciones en su última vida. Una persona no se aleja mucho, más bien regresa en la familia o entre los mismos parientes. Ni siquiera un pajarillo vendrá en nuestra casa si no tiene una conexión pasada con nosotros: ustedes no saben cuál conexión tenían con él. ¿Quién era para ustedes en la vida pasada y quién son ustedes para él en esta vida? Los Mahatmas que se han elevado hasta Brahm pueden revelarnos las vidas pasadas, sin embargo los verdaderos Santos, los Santos Perfectos nos dicen de no realizar tales milagros y de no desperdiciar la meditación después de haber trabajado duramente para conocer el pasado.
Yo nací en una familia sikh y en la religión sikh se considera un acto de virtud leer el Jap Ji Sahib temprano por la mañana. Por lo tanto mi padre, siendo un sikh, leía el Jap Ji Sahib por la mañana. Una vez encontró un Mahatma que no iba interiormente y no conocía el secreto de los mundos internos, pero era un buen Mahatma y dio a mi padre un rosario con estas palabras: «Si usas el rosario y leerás el Jap Ji Sahib, entonces todas tus dificultades desaparecerán». Mi padre tenía la costumbre de leer el Jap Ji Sahib en la mañana usando contemporáneamente el rosario. Tenía la costumbre de criticar y gritar a las personas de servicio cada mañana cuando trabajaban. De un lado leía el Jap Ji Sahib y movía el rosario, y al mismo tiempo insultaba a las personas de servicio y las maltrataba; regañaba a toda la familia.
Mi madre y yo le preguntábamos que cuál era la costumbre que Dios habría aceptado: «¿Aceptará la lectura del Jap Ji Sahib moviendo el rosario o quizás los insultos a las personas de servicio?»
Cuando mi padre fue a ver a Baba Bishan Das, le dijo así: «En vez de mover el rosario y leer el Jap Ji Sahib haciendo todo al mismo tiempo, deberías sentarte en un lugar en silencio, leer y mover el rosario. Entonces todas las dificultades desaparecerán y la gente quedará impresionada por el hecho que no estás peleando con ninguno, que no regañas a ninguno y en ese modo verán que tu vida ha mejorado».
Una vez cuando tenía trece o catorce años, estaba caminando a lo largo de un canal y un anciano, un abogado de profesión, me superó con una bicicleta. En el momento que me vio, se detuvo y dijo: «Querido hijo, si no te perturbo, quisiera hacerte una pregunta». Respondí: «De acuerdo, puede preguntarme cualquier cosa y haré lo posible para responderle».
Dijo que había leído un libro que decía que cualquier cosa que una persona guardaba en el corazón, venía expresada en su rostro; si hay alguno que puede leer el rostro, puede fácilmente saber lo que la persona tiene en su mente. «Por aquello que puedo ver en tu rostro, tú eres un devoto. Estás practicando algún tipo de devoción». Repliqué: «No, hasta ahora no hago alguna meditación, pero es verdad que estoy buscando el sendero de la devoción. Estoy buscando la práctica, pero no sé cómo practicar la devoción».
Si hay alguien capaz de leer los rostros, te dirá fácilmente aquello que hay en tu corazón. Un hombre de experiencia puede fácilmente mirar en el rostro de aquellos que son guiados por la lujuria y decir que sufren de aquella enfermedad, aunque si exteriormente sus rostros parecen radiosos y muy saludables.
Cada día a los hombres no viene enseñada la importancia de la castidad ni a las mujeres viene dado el conocimiento de cuánto es importante mantener la castidad. Los padres en primera persona no mantienen la castidad y no son de buen ejemplo para los hijos. Es por esto que mucho antes de que los niños lleguen a la juventud, apenas comienza a producir líquido vital en el cuerpo, lo pierden de manera antinatural. Perdiendo tanto fluido antes de que sus cuerpos sean plenamente desarrollados, no disfrutan de buena salud y no son físicamente adaptos porque el cuerpo ha perdido mucha energía vital. La pérdida del fluido vital en grandes cantidades afecta la mente e incide en sus pensamientos.
Cuando los niños inician a recibir impresiones acerca de la lujuria o cosas de baja naturaleza, ¿cómo pueden mantener sus pensamientos puros? Cuando los pensamientos no son puros, ¿cómo pueden mantener la mente pura? Si la mente no es pura, ¿cómo pueden obtener cualquier fuerza para el alma para concentrarse en el tercer ojo? ¿Cómo pueden levantar el alma al Centro del Ojo y elevarse más allá? Esta es mi experiencia personal: en mi pueblo jugaban juntos hasta la edad de doce años. Las chicas y los chicos estaban juntos hasta tardas horas de la noche, pero ninguno tenía pensamientos de lujuria o cosas de ese tipo. En vez, hoy notarán que hasta un niño de dos años sabrá de la lujuria. ¿Por qué es así? En los tiempos pasados los padres no se sentaban juntos en la misma cama de frente al hijo, no se besaban o se abrazaban de frente al niño. Es por esto que los hijos no sabían nada. Pero hoy continúan a besarse y abrazarse de frente a los hijos, y cualquier cosa que hacemos, los hijos nos imitan.
En nuestro pueblo vivía una persona muy rica que murió cuando yo tenía quince años. Cuando estaba por morir, cuando comenzó a sentir el dolor de la muerte, gritó: «Saben que yo soy riquísimo, tengo muchas casas y muchas propiedades. Anda donde aquella persona» y nominó a una persona muy pobre. Dijo: «Bien, ¿por qué no te llevas a él?», pensaba que por la gran riqueza sería dejado en paz, que la muerte era solo para los pobres. Por esto nominó a aquel pobre hombre y pidió al Señor de la Muerte de ir a buscar a aquella persona en el puesto suyo.
Aquel evento me mostró que la muerte no perdona a ninguno. Kabir Sahib dice que también aquellas grandes personas las cuales palabras eran ley, que eran tan potentes de poder abrir las montañas y beber las aguas de los océanos, no fueron perdonados. También ellos tuvieron que irse; también ellos tuvieron que afrontar a la muerte. Ahora nosotros damos patadas a sus tumbas y vendrá el tiempo en que la gente dará patadas a las nuestras. Ahora el polvo de aquellas grandes personas nos entra en los ojos y vendrá el tiempo en el cual el polvo de nuestras tumbas entrará en los ojos de otros. Veo que en este mundo ninguno vive para siempre; un día todos deben irse.
Al inicio cuando empezamos a seguir el Sendero y a meditar, a nuestros padres no les agrada mucho. Ríen de nosotros y nos dicen que nos hemos convertido en renunciantes, que no queremos vivir en el mundo. Para distraer nuestra atención hasta llegan a decir: «Eres demasiado joven para practicar la devoción de Dios. Este es nuestro tiempo porque somos viejos». No quieren que meditemos o practiquemos la devoción de Dios y es por eso que hacen lo mejor posible para desviar nuestra atención del Sendero de la devoción. Después llegan los parientes a decir que no obedecemos a los padres; nos hemos hecho renunciantes y meditamos. Cuando empezamos a practicar la devoción, el mundo entero se hace nuestro enemigo. Todas las cuatro edades son testimonio a esto: al mundo no le ha gustado nunca los devotos de Dios.
Para atraparnos en el trabajo del mundo los padres no dejaron nada de lado. Dios les había bendecido con cantidades ilimitadas de riquezas y todas las cosas del mundo, y yo era su único hijo. Mi padre no vaciló en darme cualquier comodidad mundana, cualquier lujo. Me dio cualquier cosa que pensó fuera positiva para mí. Hizo cualquier cosa que un padre pueda hacer para alejarme del Sendero de la devoción. Suministró todas las comodidades y las cosas del mundo y hasta construyó una casa maravillosa con un jardín. Se preocupó tanto con su deseo de que yo me quedara apegado a aquella casa con todo mi corazón.
Hoy los medios de transporte han cambiado mucho y pueden encontrar 4×4, automóviles, autobuses, etc., en cualquier parte. Pero cuando yo era un niño, no habían tantos medios de transporte; la gente usaba los caballos para ir de un lugar a otro y yo también cabalgué muchísimo. En Punjab hay un lugar de peregrinaje llamado Muktsar y una vez al año muchos se reúnen para una carrera de caballos, a la cual participan jinetes de todo el país. Una vez mi padre me llevó a esa feria y le gustó mucho el caballo que ganó esa carrera. Fue al propietario, el cual se llamaba Inder Singh, y le preguntó cuánto costaba aquel maravilloso caballo gris. Siendo el mejor caballo, Inder Singh dijo: «¿Por qué me lo preguntas? ¿Estás dispuesto a comprarlo?» Mi padre dijo: «Sí, quiero comprarlo, por esto te lo pregunto». Mi padre le dio la suma de dinero que había pedido y compró el caballo. Costó cinco mil rupias y en aquellos días el valor de la rupia era muy alto y era muy difícil que una persona ordinaria tuviera todo ese dinero. Mi padre pensó que me habría gustado mucho cabalgar aquel caballo. Me dijo: «Toma este caballo y cabálcalo. ¿Qué cosa obtienes de la devoción? Deberías hacer cosas mundanas». Muchas veces me hacía sentar sobre el caballo y cuando lo cabalgaba, era feliz.
Después de haber tenido tantas cosas, sentía un vacío en el corazón; me faltaba algo. Sentía siempre que una parte de mi corazón anhelaba algo y no estaría satisfecho hasta que no lo hubiera obtenido. Dije a mi padre: «Yo no soy tu hombre, no vine al mundo para ti. Tengo otras cosas que hacer». Habían muchas comodidades en la casa de mi padre, él era una óptima persona atenta a todo lo que yo pudiera desear para hacérmelo obtener fácilmente. Sin embargo cuando alguien me preguntaba si había visto el infierno, decía: «Sí, nuestra casa es como el infierno».
Una vez mi padre pagó a uno que decía ser un sadhu y le dije: «Mi hijo no está nunca en casa, vagabunda de una parte a otra para visitar sadhus y santos. Haz en modo que se quede en casa ocupado en cosas mundanas». El sadhu dijo: «De acuerdo, sé qué cosa quieres, tomaré el control de tu hijo». Se quedó una noche conmigo, me dio unos amuletos y recitó unos mantras para mí, pero no tuvieron ningún efecto.
Cuando empezamos a practicar la devoción de Dios, ni siquiera a nuestros padres les gusta y nos contradicen siempre. Antes de todo, usan instrumentos del amor para distraer nuestra atención y después, si no obedecemos, a veces nos castigan hasta porque no quieren que meditemos.
Hasta que viví con mis padres, hice todo aquello que un hijo debería hacer por ellos. Si bien no fueran mis verdaderos padres, seguí todos mis deberes como hijo. Cuando probaron impedirme practicar la devoción, entonces no les obedecí.
En India, a diferencia de los países occidentales, los hijos no son libres de escoger la propia pareja. Los padres organizan el matrimonio y muchas veces el muchacho no ha visto a la muchacha o la muchacha no ha visto al muchacho; en cada caso no se pueden rechazar. Cuando era joven, ningún hijo habría osado decir que no a los padres a propósito del matrimonio. Desde la infancia mis padres me acosaron para llevar a cabo mi matrimonio, pero yo no tenía ninguna intención porque era consciente de aquel poder, la mente, que reside dentro de mí y crea todos los problemas, la confusión. Pensaba: «Si no puedo controlar este poder dentro de mí, me caso con alguno y tengo que reportarme con el poder que reside en él, ¿cómo podré hacer? Hasta que no logro controlar aquel poder dentro de mí, ¿cómo puedo tratar con el poder que trabaja dentro de algún otro?»
Cuando mis padres me hablaron del matrimonio, respondí: «No, no quiero casarme con ninguna mujer. La persona con la cual contraeré matrimonio vendrá a mí por su propia cuenta». Replicaron: «No, ¿cómo es posible? ¿Cómo puedes contraer matrimonio con un hombre? ¡Debes casarte con una mujer!» Dije a ellos que Guru Nanak Sahib afirmó: «En este mundo hay solo uno masculino y todos nosotros somos sus esposas». Dije a ellos que nosotros no somos masculinos, y estamos buscando lograrlo, porque Aquel que protege el honor de los demás, Aquel que viene en nuestra ayuda en el mundo, es el Masculino: nosotros somos sus esposas. Yo era hijo único y como mis padres querían que yo fuera feliz, deseaban que yo tuviera una mujer para contraer matrimonio; fui sujeto a grandes presiones para hacerme casar y llegaron a decir que si no me fuera casado, habrían saltado dentro de un pozo para poner fin a sus vidas. Yo respondí: «No, no es para mí. No me casaré con ninguna mujer». No quería herir sus sentimientos y tuve que explicarles que no podía casarme. Lloré frente a ellos y en cualquier modo les convencí que no era para mí.
Había un comerciante en la ciudad de Shergarh que había perdido al hijo cuando era muy joven. Estaba enloquecido porque era su único hijo; día y noche lo llamaba por su nombre y lloraba en continuación. Mi padre vino a saber de aquel hombre y visto que yo era muy destacado de la familia en el deseo de practicar la devoción, porque había dicho a mi padre «Yo no soy tu hombre», él quería mostrarme cuál era el dolor de un padre cuando pierde al hijo. Quería mostrármelo para que yo cambiara de idea y me apegara a él. Me llevó a donde esa persona y dijo: «Vez, su hijo ha dejado el cuerpo ya hace doce años, y no obstante él recuerda siempre y sufre muchísimo llamando a su nombre día y noche, esperando su regreso. ¿Vez cuánto dolor experimenta un padre cuando pierde a su hijo?» Hizo esto solo para enseñarme que también él padecía ese dolor. Respondí con amor: «Padre, hay una cosa más preciosa que un hijo que un hombre debe realizar y del cual es separado de edad en edad, es decir Dios Omnipotente». Cuando mi padre escuchó esta respuesta, no tuvo nada que decir; entendió aquello que yo pensaba.
En ese modo, si bien no había visto ese Poder y de hecho no lo conocía, todavía esperaba siempre que un día se revelara. No sabía ni siquiera si aquel Poder era manifestado en el mundo o no, sin embargo esperaba su llegada. Siempre, día y noche, repetía esta oración frente a Él: «Que tú me conozcas o no, que yo te conozca o no, te pido ven a mi puerta y calma mi sed».
Una vez mi padre me llevó a ver a Baba Bishan Das porque pensaba que yo era poseído por cualquier espíritu o espectro y este fuera el motivo por el cual siempre estaba buscando los Santos o los Amantes de Dios. No le gustaba el hecho de que no mostraba ningún interés por las cosas del mundo, y quería que Baba Bishan Das me curase, porque pensaba que yo estaba enfermo. Me llevó a Baba Bishan Das y le dijo: «Escúchalo muy atentamente, ya que está triste y no hace las cosas del mundo». Baba Bishan Das me miró y dijo a mi padre: «Oh anciano, este hombre no es de ninguna utilidad para ti»; en aquel tiempo era muy huesudo y pensaba que Baba estaba diciendo que yo no era de ninguna utilidad a causa de mi delgadez. Pero ahora sé lo que quería decir: entendía que no era de ninguna utilidad para la familia.
Entonces mi padre dijo a Baba Bishan Das: «Haz algo por mi hijo». Baba Bishan Das sonrió: «De acuerdo, haré algo por él, sin embargo él no será de ninguna utilidad para ti». Es verdad, Baba Bishan Das hizo una gran cosa por mí: puso su mano misericordiosamente en mi cabeza y desde ese momento no tuve ningún interés en el trabajo mundano.
