Portada » Religión » La Misa: estructura y ritos de entrada en la liturgia católica
Véase también: Divina Liturgia
Según la forma ordinaria del rito romano —y en el rito bizantino—, la celebración se componía tradicionalmente de dos partes: la misa de los catecúmenos, hoy llamada Liturgia de la Palabra, y la misa de los fieles, hoy denominada Liturgia eucarística. A esto hay que añadir los ritos de entrada y de despedida. La estructura de la Misa varía en función de los distintos ritos litúrgicos católicos; otros ritos litúrgicos tienen los mismos elementos ordenados de manera diferente.
Son todos aquellos pasos que introducen a los fieles (asamblea) en la celebración. Estos ritos iniciales, que preceden a la Liturgia de la Palabra, incluyen:
Su objetivo es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunión y se dispongan a oír adecuadamente la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía. Tienen un carácter de exordio (preámbulo), preparación e introducción. En algunas celebraciones que se unen con la Misa, los ritos iniciales se omiten o se realizan de un modo peculiar.
El canto de entrada comienza cuando el sacerdote (acompañado por el diácono y los ministros) hace su entrada en el templo o en el recinto en el que se vaya a celebrar la Eucaristía. Este canto tiene como objetivo abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido e introducirlos en el misterio del tiempo litúrgico o de la fiesta, además de acompañar la procesión del sacerdote y los ministros.
El canto de entrada lo entonan la schola y el pueblo, o un cantor y el pueblo, o todo el pueblo, o solamente la schola. Pueden emplearse para este canto la antífona con su salmo, tal como se encuentran en el Gradual romano o en el Gradual simple, u otro canto adecuado a la acción sagrada o a la índole del día o del tiempo litúrgico, con un texto aprobado por la Conferencia Episcopal. Si no hay canto de entrada, los fieles, algunos de ellos o un lector recitarán la antífona que aparece en el Misal. Si esto no es posible, la recitará al menos el mismo sacerdote, quien también puede adaptarla a modo de monición inicial.
En algunos casos (principalmente procesiones en honor del patrono o la patrona del país), el canto de entrada suele suprimirse por el himno nacional; en otros casos va casi ligado al canto de entrada de la misma Eucaristía. Este rito se suprime en la Vigilia Pascual y en el Viernes Santo; en la Liturgia de la Cruz solo se efectúan algunas partes de la Misa.
Terminado el canto de entrada, el sacerdote, de pie junto a la sede, hace la señal de la cruz junto con toda la asamblea y saluda al pueblo reunido. A continuación, por medio del saludo, el sacerdote manifiesta a la asamblea la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo queda de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada. Terminado el saludo al pueblo, el sacerdote, el diácono o un ministro laico puede introducir a los fieles en la Misa del día con brevísimas palabras (monición de entrada).
Se pide perdón a Dios por los pecados cometidos diciendo el Kyrie («Señor, ten piedad»), a veces precedido del Confiteor («Yo pecador»). Después, el sacerdote invita al acto penitencial que, tras una breve pausa de silencio, realiza toda la comunidad con la fórmula de la confesión general y se termina con la absolución del sacerdote. Esta absolución no tiene la eficacia propia del sacramento de la Penitencia: solo elimina los pecados veniales, no los mortales.
Los domingos, sobre todo en el tiempo pascual, en lugar del acto penitencial acostumbrado puede hacerse la bendición y aspersión del agua en memoria del bautismo. También se realiza la aspersión en las misas de envío. Esto se suprime en la Misa del Miércoles de Ceniza y en la Vigilia Pascual.
Después del acto penitencial se dice el «Señor, ten piedad», salvo que éste haya formado ya parte del mismo acto penitencial. Siendo un canto con el que los fieles aclaman al Señor y piden su misericordia, regularmente habrán de hacerlo todos: es decir, tomarán parte en él el pueblo y la schola o un cantor. Cada una de estas aclamaciones se repite, normalmente, dos veces, aunque puede repetirse un número mayor de veces según el genio de cada lengua, las exigencias del arte musical o las circunstancias. Cuando se canta el «Señor, ten piedad» como parte del acto penitencial, a cada una de las aclamaciones se le antepone un «tropo».
