Portada » Lengua y literatura » La Mañana del 12 de Agosto: Retrato de la Infancia y el Preceptor
El 12 de agosto de 18…, precisamente tres días después de mi cumpleaños —había cumplido diez y me habían hecho regalos maravillosos—, a las siete de la mañana, **Karl Ivanovich** me despertó al golpear una mosca por encima de mi cabeza con un matamoscas de papel.
Lo hizo de un modo tan torpe, que enganchó la imagen del ángel que colgaba en la cabecera de la cama de roble, y la mosca me cayó en la cabeza.
Asomé las narices por el embozo, detuve con la mano la imagen que seguía balanceándose, eché la mosca muerta al suelo y lancé una mirada a **Karl Ivanovich** con ojos adormilados, aunque llenos de enojo.
El profesor, que llevaba una **bata multicolor acolchada** ceñida con un cinturón de la misma tela, un **gorrito rojo de punto** con una borla, y calzaba botas de cabritilla, seguía paseando junto a las paredes, apuntaba a las moscas y las mataba.
«Admitamos que soy pequeño —pensé—, pero ¿por qué me molesta? ¿Por qué no matará las moscas junto al lecho de Volodia? ¡Con las que hay! Pero no, Volodia es mayor que yo; soy el más pequeño de todos, por eso me tortura. No hace más que pensar en la manera de darme un disgusto —susurré—. Ve perfectamente que me ha despertado y asustado, pero hace como si no se hubiese dado cuenta… ¡Qué hombre tan repugnante! ¡Hasta su bata, su gorrito y su borla son repugnantes!»
Mientras mentalmente expresaba mi irritación contra **Karl Ivanovich**, este se acercó, miró el reloj que pendía sobre mi lecho en un zapatito bordado de abalorios, colgó el matamoscas en un clavo y se dirigió a nosotros en el mejor estado de ánimo, según parecía.
—«Auf, Kinder, auf… s’ist Zeit. Die Mutter ist schon im saal»— exclamó, con su bondadosa voz de alemán.
Luego, acercándose a mí, se sentó a los pies de la cama y sacó la petaca de bolsillo. Finjí dormir.
**Karl Ivanovich** aspiró rapé, se sonó y, tras chasquear los dedos, se ocupó de mí. Riéndose, empezó a hacerme cosquillas en los talones.
—«Nu, nun, Faulenzerl!»— añadió.
Aunque temía mucho las cosquillas, no salté de la cama ni le contesté. Limitándome a ocultar más la cabeza bajo las almohadas, di puntapiés con todas mis fuerzas y traté por todos los medios de contener la risa.
«¡Qué bueno es y cuánto nos quiere! ¡Y he sido capaz de pensar tan mal de él!»
Me sentí enojado contra mí mismo y contra **Karl Ivanovich**; tuve deseos de reír y de llorar: mis nervios estaban alterados.
—«Ach, lassen Sie, Karl Ivanovich» — exclamé con lágrimas en los ojos, asomando la cabeza por debajo de las almohadas.
**Karl Ivanovich** se sorprendió y, dejando en paz las plantas de mis pies, me preguntó qué me pasaba, si había tenido pesadillas…
Su bondadoso rostro alemán y el interés que ponía en averiguar el motivo de mis lágrimas las obligaron a deslizarse más abundantemente. Me sentía avergonzado. No comprendía cómo había podido no querer a **Karl Ivanovich** un momento antes, considerando repugnantes su bata, su gorro y su borlita. Ahora, por el contrario, todo aquello me resultaba muy agradable; hasta la **borlita** parecía una demostración evidente de su bondad.
Le dije que lloraba porque había tenido un mal sueño: había muerto «maman» y la llevaban a enterrar. Me lo había inventado, ya que no recordaba en absoluto lo que había soñado aquella noche. Pero cuando **Karl Ivanovich**, emocionado por mi relato, trató de consolarme y apaciguarme, me pareció que había tenido en realidad aquel terrible sueño, y las lágrimas fluyeron por otro motivo.
Una vez que **Karl Ivanovich** me dejó y me incorporé en la cama para ponerme las medias en mis pequeños pies, el llanto disminuyó algo, pero no me abandonaron los pensamientos sombríos acerca del sueño inventado.
Entró el criado **Nikolai**; era un hombrecillo pequeño, muy limpio y ordenado, siempre serio y digno, gran amigo de **Karl Ivanovich**. Nos traía los trajes y el calzado. Volodia llevaba botas y yo, en cambio, unos insoportables zapatos con lacitos.
Me hubiera dado vergüenza llorar en presencia de Nikolai. Además, el sol mañanero iluminaba alegremente las ventanas, y Volodia, remedando a María Ivanovna (la institutriz de nuestra hermana), reía a carcajadas tan de buena gana inclinado sobre el lavabo, que hasta el serio Nikolai, con una toalla al hombro, el jabón en una mano y el jarro en la otra, le dijo sonriendo:
—Basta, Vladimir Petrovich. Haga el favor de lavarse.
Con esto me puse contento.
—«Sindsiebald fertig» —resonó la voz de **Karl Ivanovich** desde la sala de estudios.
Su voz era severa, ya no tenía aquella entonación de bondad que me había emocionado hasta hacer que se me saltaran las lágrimas. En la sala de estudios, **Karl Ivanovich** era un hombre completamente distinto: era el **preceptor**.
Me vestí rápidamente, me lavé y con el cepillo en la mano, alisándome los cabellos mojados, acudí a su llamada.
**Karl Ivanovich**, con los lentes puestos y un libro entre las manos, se hallaba sentado en su sitio habitual, entre la puerta y una pequeña ventana.
A la izquierda de la puerta había dos estantitos: uno era nuestro, el de los niños, y el otro de **Karl Ivanovich**, de su «propiedad».
En nuestro estante había libros de todas clases, unos de estudio y otros no; algunos colocados verticalmente y otros caídos. Solo dos grandes tomos de «Histoire des voyages», encuadernados en rojo, se apoyaban majestuosamente en la pared; los seguían libros gruesos, grandes y pequeños, cubiertas sin libros, y libros desencuadernados. Allí metíamos todo lo que se nos antojaba cuando **Karl Ivanovich** nos mandaba, antes del recreo, que ordenáramos la biblioteca, como solía llamar de modo altisonante ese estantito.
La colección de libros del estante de su «propiedad» no era tan grande como la del nuestro, pero sí más variada. Recuerdo tres de ellos:
**Karl Ivanovich** se pasaba la mayor parte del tiempo leyendo; hasta se había estropeado los ojos, pero no leía más que estos libros y «La Abeja del Norte».
Entre los objetos que había en su estante, uno me lo recuerda más vivamente que ningún otro. Era un disco de cartón, puesto sobre un pie de madera que giraba por medio de una clavija. En aquel disco había una caricatura que representaba un peluquero y una señora. **Karl Ivanovich** era muy habilidoso, había hecho esa pantalla con objeto de preservar sus débiles ojos de una luz demasiado viva.
Me parece ver aún ante mí su alta figura con la **bata de algodón** y el **gorrito rojo** del que asomaban sus cabellos ralos, grises. Lo veo sentado ante la mesita en que está la pantalla, con la estampa que proyecta sombra en su rostro; con una mano sujeta el libro; la otra descansa en el brazo del sillón; junto a él hay un cazador pintado en la esfera, un pañuelo a cuadros, una petaca negra, redonda, el estuche verde de sus lentes y unas pinzas en una bandejita de mimbre.
Las cosas están colocadas en su sitio con tanto orden y esmero, que solo por eso puede deducirse que **Karl Ivanovich** tiene el alma y la conciencia tranquilas.
A veces, cuando estaba harto de correr por la sala de abajo, subía de puntillas, furtivamente, al cuarto de estudios. Veía a **Karl Ivanovich** sentado en la butaca leyendo con expresión tranquila y majestuosa alguno de sus libros preferidos.
A veces, lo sorprendía en un momento en que no leía: tenía los lentes en la punta de la gran nariz aguileña y sus ojos azules entornados reflejaban una expresión especial, mientras sus labios sonreían tristemente. Reinaba el silencio en la habitación, solo se oía su respiración uniforme y el tictac del reloj con el cazador.
Si **Karl Ivanovich** advertía mi presencia, me quedaba en la puerta pensando:
«¡Pobre viejo! Nosotros somos muchos, jugamos y estamos alegres; en cambio, él está solo, y nadie le demuestra cariño. Es verdad lo que dice, es un **huérfano**. ¡Y qué terrible es la historia de su vida! Recuerdo cómo se la contaba a Nikolai. ¡Es terrible verse en su situación!»
Y era tal la compasión que sentía por él, que me acercaba, le tomaba la mano y le decía: ««Lieber, Karl Ivanovich»». Le gustaba oírlo, y cada vez me acariciaba emocionado.
En otra pared colgaban los mapas; casi todos estaban rotos, pero aparecían pegados con arte por la mano de **Karl Ivanovich**.
En el centro de la tercera pared se hallaba la puerta que daba a la escalera, y a un lado de esta pendían dos reglas: una llena de cortes, que era nuestra, y la otra, completamente nueva, de su «propiedad», que **Karl Ivanovich** empleaba más bien como estímulo que para trazar líneas; al otro lado había un encerado en el que se señalaban nuestras grandes proezas, por medio de círculos, y las pequeñas por medio de crucecitas.
A la izquierda del encerado estaba el **rincón en el que nos ponía de rodillas**. ¡Qué añoranzas tiene para mí este rincón! Recuerdo la rejilla de la estufa, el tiro y el ruido que producía cuando se le daban vueltas.
A veces solía estar tanto rato en el rincón que empezaban a dolerme las rodillas y la espalda, y pensaba: «**Karl Ivanovich** se ha olvidado de mí; él debe de estar tan a gusto sentado en su mullida butaca, leyendo la Hidrostática. ¿Y, en cambio, yo?»
Entonces, para que se acordara de mí, empezaba a abrir y cerrar la rejilla de la estufa o a rascar en el estuco de la pared; pero si por casualidad caía ruidosamente un pedazo demasiado grande, el miedo que pasaba era peor que el castigo. Volvía la cabeza para mirar a **Karl Ivanovich**, pero este continuaba con el libro en las manos, como si no viera nada.
En el centro del cuarto había una mesa cubierta con un hule negro roto que dejaba ver en muchos sitios los bordes llenos de cortes de navaja. Alrededor de la mesa había varios taburetes sin pintar, cubiertos de pátina por el uso prolongado.
La cuarta pared tenía tres ventanas. He aquí la vista que ofrecían:
Ante ellas se extendía el camino del que me eran conocidos y queridos, desde hacía mucho tiempo, cada bache, cada guijarro y cada carril; más allá, una alameda de tilos podados que dejaban entrever aquí y acullá una empalizada de ramas trenzadas; al otro lado de la alameda se veía un prado; junto a este una era, y enfrente, un bosque; a lo lejos se divisaba la pequeña «isba» del guarda.
Desde la ventana de la derecha se podía ver parte de la terraza en la que solían estar los mayores hasta la hora de comer. A veces, mientras **Karl Ivanovich** me corregía el dictado, miraba a la terraza y veía la cabeza de cabellos negros de mi madrecita, alguna espalda, y oía confusamente conversaciones y risas.
Me sentía tan enojado de no poder estar allí, que pensaba: «Cuando sea mayor, no estudiaré ni repetiré los diálogos, sino que estaré con las personas que quiero».
Después mi enojo se transformaba en pena o tristeza y solo Dios sabe en qué reflexiones me sumía, abstrayéndome hasta el punto de no oír a **Karl Ivanovich** que se mostraba enfadado por mis faltas.
**Karl Ivanovich** se quitó la bata, se puso un frac de color azul con los hombros fruncidos, se arregló la corbata ante el espejo y nos llevó abajo para saludar a mamá.
