Portada » Historia » Primera Guerra Mundial: causas, desarrollo y consecuencias históricas
Aunque la Primera Guerra Mundial tuvo un claro detonante y una causa principal, la realidad es que, en los años anteriores al estallido del conflicto, se fueron acumulando una serie de factores que contribuyeron a deteriorar el equilibrio internacional de Europa.
Desde el punto de vista económico, dos de los mayores problemas fueron:
Sin embargo, para muchas minorías étnicas y nacionalidades sin un Estado político propio (por ejemplo, pueblos que formaban parte del Imperio Otomano, del Imperio Ruso y del Imperio Austrohúngaro), el nacionalismo fue visto como una vía de liberalización y de canalización del derecho al autogobierno. En España, por ejemplo, la aparición de movimientos nacionalistas en Cataluña, el País Vasco y Galicia fue en un primer momento minoritaria, pero luego ganó fuerza y obligó al Estado español a modificar su estructura territorial con la creación de la Mancomunidad de Cataluña y, ya durante la Segunda República, con la concesión de autonomía a Cataluña en 1932 y al País Vasco en 1936.
En el caso del Imperio Austrohúngaro, la administración central fue incapaz de integrar sus distintas nacionalidades (serbios, eslovenos, etc.) en un Estado homogéneo lo suficientemente cohesionado como para evitar los deseos independentistas de estas minorías. Tampoco supo hacerlo el Imperio Ruso, que reprimió los nacionalismos de Polonia, Ucrania y las regiones bálticas que formaban parte de su inmenso territorio.
Fueron precisamente las tensiones creadas por los nacionalismos balcánicos las que, en última instancia, provocaron el estallido de la Primera Guerra Mundial. El detonante fue el asesinato, el 28 de junio de 1914, del archiduque Francisco Fernando de Austria, hijo del emperador Francisco José y heredero de la corona austrohúngara; fue asesinado en un atentado en Sarajevo a manos de un nacionalista serbio.
Alemania, que había puesto en marcha la Weltpolitik y aspiraba a convertirse en la primera potencia mundial, presionó al Imperio Austrohúngaro para que atacara a Serbia; esto sucedió justo un mes después del atentado, cuando el Imperio declaró la guerra a ese país. Esa escalada de hostilidades, y la apelación a los viejos tratados de alianza y no agresión firmados entre los países, propició que pronto se conformara un sistema bipolar con dos grandes bloques.
En el sentido militar propiamente dicho, la Primera Guerra Mundial comienza el 2 de agosto de 1914, cuando el ejército alemán entra por Luxemburgo y Bélgica para atacar Francia. El 10 de agosto el Imperio Austrohúngaro atacó al Imperio Ruso; en respuesta a ese ataque, dos días después, el 12 de agosto, el Imperio Ruso decidió invadir Prusia Oriental, a lo cual respondió el Imperio Austrohúngaro invadiendo Serbia. Probablemente ninguno de los participantes en estos primeros ataques quería una guerra de alcance mundial; de hecho, la idea inicial de Alemania era iniciar una acción fulminante contra Francia para tener que atender únicamente al frente del Imperio Ruso.
Se formaron dos grandes bloques militares:
Los frentes y tipos de guerra fueron múltiples:
En el Este, las victorias rusas iniciales fueron contrarrestadas por una contraofensiva alemana, por la ocupación de Serbia por parte del Imperio Austrohúngaro y por la entrada del Imperio Otomano en la guerra a finales de octubre. Estos hechos tuvieron tres efectos fundamentales:
Factores de 1917:
Esta conjunción de factores hizo pensar que la balanza se inclinaba a favor de las Potencias Centrales. Sin embargo, ese mismo año (1917) los Estados Unidos decidieron entrar en la guerra del lado aliado, a cambio, eso sí, de imponer el cumplimiento de una serie de objetivos (los 14 puntos de Wilson), que en ese momento fueron aceptados por el bando aliado para conseguir la entrada de EE. UU. en la guerra —objetivos que significaron una reestructuración del poder mundial. El 8 de noviembre, Alemania aceptó la rendición total, abdicó Guillermo II y se rindió. ALM.
La Primera Guerra Mundial dejó un balance aproximado de 10 millones de muertos y 30 millones de heridos. Desde el punto de vista geopolítico supuso la desaparición de los viejos imperios dinásticos y autocráticos —el Imperio Ruso, Alemania y el Imperio Austrohúngaro— y la aparición de un nuevo orden internacional auspiciado por la Sociedad de Naciones, construido sobre el principio de la diplomacia. Se promulgaron nuevas constituciones democráticas y se firmaron una serie de tratados en un esfuerzo por instaurar la paz y evitar nuevos conflictos.
Entre el 18 y el 20 de enero de 1920 se celebró una conferencia internacional en París bajo la dirección del llamado comité de los Cuatro; en dicha conferencia se firmaron una serie de tratados, el principal de los cuales fue el Tratado de Versalles. Este tratado obligó a Alemania a devolver los territorios de Alsacia y Lorena a Francia, la obligó a entregar todas sus colonias y a ceder parte de su territorio oriental al nuevo estado de Polonia, creado tras la Primera Guerra Mundial. Además, la ciudad de Danzig fue declarada ciudad libre y se trazó un corredor que permitía el acceso de Polonia al mar, separando Prusia Oriental del resto de Alemania. También se prohibió la unión entre Alemania y Austria y se retiró a Alemania el control sobre la región del Saar, que pasó a estar administrada por la Sociedad de Naciones.
En el mismo tratado de Versalles se reconoció la independencia de Finlandia, Lituania, Letonia y Estonia respecto del antiguo Imperio Ruso, del cual habían formado parte. Asimismo, se aprobó la fragmentación del viejo Imperio Austrohúngaro de la siguiente manera:
Para garantizar el respeto a ese nuevo orden nacido en la Conferencia de París y reflejado en el Tratado de Versalles, el comité de los Cuatro decidió la creación de la Sociedad de Naciones, retomando uno de los 14 puntos que el presidente Wilson había planteado como condición para la entrada de EE. UU. en la guerra. Pese a que la Sociedad de Naciones pretendía garantizar la paz y fomentar la seguridad, lo cierto es que este nuevo orden internacional forjado en París nació bajo el signo de la inestabilidad.
Muchas de las nuevas naciones de Europa central nacieron condicionadas por la herencia de la guerra y por conflictos étnicos y fronterizos que se plantearon inmediatamente. Hubo tensiones y enfrentamientos en Polonia, Hungría, Austria y Yugoslavia. En noviembre de 1923, la extrema derecha liderada por Adolf Hitler y elementos radicales del Partido Nacionalsocialista intentaron dar un golpe de Estado en Múnich contra la República de Weimar, hecho que se conoce como el famoso Putsch de la Cervecería.
En Alemania, las consecuencias económicas de la guerra y las difíciles condiciones impuestas por el Tratado de Versalles hicieron que el país no recuperara la estabilidad económica hasta 1924. Los años posteriores a la guerra fueron de intensa conflictividad laboral en Europa, donde se temía que el ejemplo de la revolución rusa se extendiera, dado que en todo el continente se habían ido creando partidos comunistas. La guerra había destruido el optimismo y la fe en el progreso del periodo anterior y había generado un clima social de posguerra que evidenciaba una desmoralización colectiva y amenazaba los valores que cohesionaban el orden social. En este contexto, el nacionalismo, la violencia revolucionaria y los totalitarismos —fascista y comunista— adquirieron una vigencia extraordinaria; el resultado fue que buena parte de Europa optó por soluciones políticas autoritarias.
La guerra provocó en Rusia la caída del zarismo y el triunfo de la revolución bolchevique. En Italia, el fascismo llegó al poder en 1922, y en Alemania el nacionalsocialismo ganó las elecciones en 1933; con ello se iniciaba el periodo de las dictaduras totalitarias.
