Portada » Filosofía » Las Vías de Tomás de Aquino: Demostración Racional de la Existencia de Dios y su Fundamento Metafísico
Tomás de Aquino, en su esfuerzo por armonizar razón y fe, sostiene que la realidad es inteligible y posee un orden inherente. Sus famosas Cinco Vías son demostraciones racionales de la existencia de Dios, partiendo de la experiencia sensible del mundo. A continuación, se examinan en detalle la Quinta, Tercera y Cuarta Vía, y su profunda conexión con la metafísica tomista y otros pensadores clave.
El texto perteneciente a la Quinta Vía desarrolla la idea de que los seres naturales que carecen de conocimiento actúan siempre de manera constante y orientada hacia fines adecuados. Tomás observa que lo que actúa sin conocer no puede dirigirse a sí mismo y, por tanto, debe ser guiado por un ser inteligente. Esta conclusión se relaciona directamente con la estructura finalista de su metafísica: el mundo no funciona al azar, sino según un orden que remite a un principio inteligente que es Dios.
Tomás parte de la experiencia, observando cómo las cosas naturales actúan siempre igual; por ejemplo, las semillas crecen de la misma forma o los astros siguen trayectorias precisas. Este comportamiento regular muestra que existe una finalidad inscrita en la esencia de las cosas.
La Quinta Vía se ilumina al contrastarla con las ideas de sus predecesores y sucesores:
Aristóteles es fundamental. Tomás adopta su noción de causa final, su teoría de acto y potencia y su hilemorfismo. Aristóteles explicaba que todo ser actúa buscando su fin natural y que el cambio es el paso de potencia a acto. Tomás toma esta idea, pero la completa: donde Aristóteles hablaba de un Motor Inmóvil que mueve por ser deseado, Tomás afirma que la finalidad exige un ser inteligente que ordene y conserve el mundo. El texto, cuando habla de seres que actúan de modo regular sin tener conocimiento, expresa esta renovación cristiana del aristotelismo. Para Tomás, la causa final no es un simple principio natural: es efecto de la inteligencia divina.
Platón resolvió el debate entre Heráclito (cambio) y Parménides (permanencia) afirmando que existen Ideas perfectas que explican la estabilidad del conocimiento. Aunque Tomás no acepta un mundo separado de Ideas, coincide con Platón en que la regularidad del mundo remite a un fundamento estable. El texto presenta precisamente esa regularidad: las cosas actúan siempre del mismo modo porque existe un principio supremo ordenante, igual que para Platón las cosas participan de la Idea de Bien. Tomás transforma esa estructura: donde Platón veía Ideas eternas, Tomás ve la acción de Dios como inteligencia creadora.
Sócrates defendía la existencia de una verdad objetiva accesible mediante la razón, mientras que los sofistas afirmaban el relativismo. Tomás coincide claramente con Sócrates: el texto supone que hay un orden que puede descubrirse racionalmente. La naturaleza no actúa arbitrariamente, lo que implica que la verdad es objetiva. Esta vía, basada en un argumento racional, rechaza la postura sofista según la cual no existe verdad universal.
Agustín sostenía que la verdad y el orden provienen de Dios. Aunque Agustín es interiorista —busca la verdad en el alma iluminada por Dios—, ambos coinciden en la idea de que el universo refleja el plan divino. La Quinta Vía expresa externamente lo que Agustín veía internamente: la creación está orientada hacia Dios como fin último.
El contraste con Guillermo de Ockham es imprescindible. Su nominalismo sostiene que los universales no existen realmente, solo son nombres. Por ello, rechaza las vías de Tomás: afirma que no se puede pasar del comportamiento regular de la naturaleza a la existencia de una inteligencia. Para él, la razón no puede demostrar a Dios. Este contraste ilumina el texto, porque muestra la confianza tomista en la racionalidad del mundo frente al escepticismo ockhamista.
En conclusión, el texto de la Quinta Vía muestra que los seres naturales que carecen de conocimiento actúan hacia fines porque son dirigidos por una inteligencia. Relacionarlo con la esencia-existencia, los universales, Aristóteles, Platón, Sócrates, Agustín y Ockham permite entender completamente su significado y situarlo dentro del pensamiento tomista.
El texto que se examina pertenece a la Tercera Vía, donde Tomás distingue entre seres contingentes —que pueden existir o no— y un ser necesario que es la causa última de la existencia de todo. El fragmento explica que, si todo fuese contingente, habría habido un momento en que nada existía, y entonces tampoco existiría nada ahora, puesto que de la nada no surge nada (*ex nihilo nihil fit*). Por tanto, el texto concluye que debe existir un ser cuya existencia no dependa de otra realidad y que sea fundamento del ser de todo lo demás. A este ser lo llama Dios.
Tomás parte de la experiencia más básica: los seres nacen, cambian y desaparecen. Estos seres no tienen en sí mismos la explicación de su existencia.
Aristóteles es clave. Él distinguió entre potencia y acto, y explicó que los seres que pueden no existir están en potencia respecto al existir. La contingencia que menciona el texto es una forma de potencia. Tomás toma esta estructura y afirma que solo un ser de puro acto, sin mezcla de potencia, puede ser necesario. Donde Aristóteles hablaba de un Primer Motor Inmóvil, Tomás coloca a un Dios creador, fundamento del ser. Además, el hilemorfismo aristotélico explica por qué los seres materiales son corruptibles: la materia limita la forma, haciendo imposible la necesidad absoluta.
Platón resolvió el debate entre Heráclito (todo cambia) y Parménides (nada cambia) mediante la teoría de las Ideas, realidades perfectas que explican la estabilidad. Tomás no acepta un mundo separado de Ideas, pero coincide en que las realidades cambiantes necesitan un fundamento estable. El texto expresa esta misma necesidad: lo contingente no puede explicar su propia existencia. Donde Platón sitúa la Idea de Bien como fundamento de lo real, Tomás sitúa a Dios como ser necesario. Ambos comparten la preocupación por encontrar un principio absoluto que dé estabilidad a lo cambiante.
La Tercera Vía refleja la postura socrática: parte de hechos objetivos y concluye racionalmente la existencia de un ser necesario. El texto niega implícitamente el relativismo porque afirma que la contingencia tiene un significado objetivo y una consecuencia lógica inevitable.
Agustín sostenía que las criaturas solo existen en la medida en que participan de Dios, que es el Ser supremo. Aunque Agustín usa un método más interiorista, ambos coinciden en que lo creado no es autosuficiente. El texto expresa exteriormente esta misma intuición agustiniana: el ser creado depende necesariamente de un ser necesario.
El contraste con Ockham es fundamental. Su nominalismo sostiene que los universales solo son nombres. Por eso, rechaza que la razón tenga capacidad para llegar a conclusiones metafísicas tan fuertes como las de Tomás. Según Ockham, la existencia de Dios solo puede aceptarse por fe. El texto, en cambio, refleja la enorme confianza tomista en la razón y en la inteligibilidad del mundo.
En conclusión, el texto de la Tercera Vía afirma que los seres contingentes no pueden explicar su propia existencia y que debe existir un ser necesario que sea causa de todos ellos. Esta afirmación forma parte de un sistema coherente donde razón y fe se apoyan mutuamente.
El texto que se analiza pertenece a la Cuarta Vía. Tomás afirma que en las cosas que existen encontramos grados de perfección: unas cosas son más verdaderas, más nobles o más buenas que otras. Esta comparación solo es posible, según él, si existe un máximo que posea esas perfecciones de forma absoluta y que sea causa de la perfección que poseen los demás seres. Ese ser máximo es Dios.
Tomás parte de hechos que cualquier persona puede constatar (algo es más o menos bueno). La existencia de grados de perfección en los seres creados implica que ninguno de ellos posee esas perfecciones en plenitud.
Aristóteles influye profundamente. Él explicaba la perfección como acto, y la imperfección como potencia. Las cosas que todavía no han realizado completamente su forma están en potencia respecto a su perfección. Tomás adapta esta idea: si en los seres vemos perfecciones parciales, es porque están en potencia respecto a una perfección plena que no poseen. Por eso debe existir un ser que sea acto puro, la perfección sin mezcla de potencia. El hilemorfismo aristotélico explica por qué las criaturas son imperfectas: la materia limita la forma.
Según Platón, las cosas del mundo participan de las Ideas y por eso muestran grados de perfección. Tomás no acepta un mundo separado de Ideas, pero coincide en la estructura del argumento: los grados remiten a un máximo. El texto tiene ese mismo movimiento platónico: desde lo imperfecto hacia un fundamento absoluto. Tomás identifica ese máximo con Dios, no con una Idea abstracta.
La Cuarta Vía coincide con Sócrates, porque afirma que la perfección tiene un fundamento real. Decir que algo es “más justo” o “más verdadero” supone que existe un criterio objetivo de justicia o verdad. El texto, por tanto, rechaza implícitamente la postura sofista.
Agustín afirmaba que las criaturas son buenas en la medida en que participan del Bien supremo, que es Dios. Aunque Agustín emplea un método interiorista, su estructura filosófica coincide con la de Tomás: lo creado no posee perfección absoluta. El texto expresa desde fuera lo que Agustín explicaba desde dentro del alma iluminada por Dios: la gradación de perfecciones exige un origen perfecto.
El nominalismo de Ockham niega la existencia real de universales como “bondad” o “verdad”, considerándolos meros nombres. Por eso rechaza el argumento tomista: sostiene que no se puede pasar de la comparación entre seres a la afirmación de un ser máximo. El texto representa la postura opuesta: la confianza en que la razón puede descubrir un fundamento último.
En conclusión, el texto de la Cuarta Vía sostiene que los grados de perfección remiten a un ser que posee la perfección de manera absoluta. Relacionarlo con la metafísica tomista y el pensamiento de otros autores permite comprender plenamente su sentido y ver cómo combina razón y fe para explicar la realidad.
